Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

trabajos de otros estudiosos como Juan María Gutiérrez, Andrés Lamas, Vicente Fidel López e incluso las compilaciones documentales del napolitano Pedro de Angelis, pueden enmarcarse en lo que se conoció como etnografía lingüística, una suerte de «ciencia de las naciones», de carácter inductivo y de base filológica, circunscrita no solo al campo de la naciente antropología sino antes bien al de la historia y de la geografía146. Esta línea global y comparativa de trabajo erudito se consolidó en el largo siglo XIX a partir de las obras del jesuita José Hervás y Panduro (1784, 1800-1805), Johann Ch. Adelung y Johann S. Vater (1806-1817) y Adriano Balbi (1826), y se continuó, con diferentes matices, en los trabajos de Wilhelm von Humboldt (1836-1840), Max Müller (1864), Daniel Brinton (1891), Lucien Adam (1896-1899) y Alexander Chamberlain (1913), entre otros. En el contexto de la naciente antropología y en esa línea de trabajo, las lenguas constituyeron uno de los hilos de Ariadna —el otro era el concepto de «raza»— que posibilitaban al estudioso internarse en el laberinto de los grupos indígenas del pasado y sus sucesivos desplazamientos geográficos, y le permitían discernir los consiguientes procesos de hibridación y aculturación (Blanckaert, 2009). En el caso de la historia de las prácticas y métodos de sistematización de la información y de los datos para los trabajos de etnografía lingüística desarrollados en la Argentina en el último tercio del siglo XIX, la investigación a partir de fuentes manuscritas implica, en primer lugar y como señalamos al comienzo, el desafío de trascender la idea del libro impreso como único medio que, en tanto forma de inscripción percibida como acabada, estable, estandarizada y homogénea, brinda las condiciones necesarias para la difusión de las ideas y el conocimiento. Si bien a primera vista la reconstrucción de estas prácticas de inscripción —en muchos casos muy personales e idiosincráticas— nos conduciría en cierta forma a recuperar la idea del «autor», se trataría de un tipo distinto al autor individual, y más cercano a un autor de carácter colectivo (Stillinger, 1991). En efecto, a diferencia de la obra impresa, muchos manuscritos resultantes del proceso de investigación suelen portar las marcas, glosas, correcciones, enmiendas y observaciones producto del intercambio de los mismos entre distintos estudiosos mancomunados por un mismo interés, por lo general acompañados por una copiosa correspondencia, que muestran el complejo y sutil proceso —previo a la impresión definitiva— de circulación y cooperación del que son producto (Yale, 2011). Desde este punto de vista, los papeles de trabajo de Lafone Quevedo y Mitre 244

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx