la geografía del país para elaborar la carta oficial de la república. Al inaugurarse la biblioteca se había proyectado establecer el servicio público, pero esto no se pudo realizar en el Porfiriato. Durante ese periodo, el museo tuvo otras prioridades que fueron consideradas de urgencia. Más que nada, la biblioteca fue destinada al uso exclusivo de los profesores y empleados del museo. En 1903 también se empezó a permitir el acceso a los alumnos que estaban tomando clases de antropología, arqueología y otros estudios en el museo. La biblioteca, por lo tanto, no era un lugar que pertenecía al público. Esto no debe causar sorpresa si consideramos que la «masa» de lectores en el Porfiriato era «un club muy escaso». Según el censo de 1895, solo estaba alfabetizada el 14% de la población total. Esa cifra se incrementó a finales de la época, cuando «el censo de 1910 habla de 20% de alfabetos en todo el país» (Blanco, 1997, p. 47). Muchos departamentos del gobierno y organizaciones científicas como el Ministerio de Justicia y la Sociedad de Geografía y Estadística también aportaron libros a la biblioteca. Instituciones extranjeras, asimismo, jugaron un papel importante al donar e intercambiar textos con el museo. El Smithsonian Institute de Washington, D.C., por ejemplo, envió varias cajas llenas de libros durante los años de Díaz. La biblioteca reciprocó despachando textos a institutos extranjeros. Del mismo modo, donó obras a instituciones nacionales; por ejemplo, mandó una copia de Antigüedades de México a la Biblioteca Nacional de México. Ese texto, compilado y publicado por el anticuario irlandés Edward King o Lord Kingsborough en las primeras décadas del siglo XIX, es una recopilación de reproducciones de literatura mesoamericana en facsímil que incluye códices mixtecos, mayas y aztecas, además de documentos históricos y descripciones de exploradores de varios sitios arqueológicos de México. El museo no solamente coleccionó obras, sino que también las publicó. En 1887 la institución estableció un pequeño taller de imprenta con el objeto de imprimir cédulas de clasificación, etiquetas, catálogos, avisos y otras publicaciones necesarias. Con el correr del tiempo, sin embargo, se amplió el taller y el museo pronto comenzó a publicar textos diversos; así, se lograron editar algunas obras antiguas inéditas y se reimprimieron varios libros raros. La institución también empezó a imprimir los Anales del Museo Nacional, la publicación del museo que anteriormente se imprimía en otro sitio. Iniciada en 1877, el propósito de esta revista fue divulgar la investigación de los estudiosos del museo a una audiencia nacional e internacional. Los Anales les daban importancia primordial a 231
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