ver salir de nuestro país esa suspirada historia, persuadiéndonos de que nuestra única misión es acumular materiales, salvando con imparcialidad y buena fe, de la destrucción y del olvido, cuanto puede serle útil» (Ramírez, 2001, pp. 235-236) . Desterrado por la dictadura de Antonio López de Santa Anna en 1855, Ramírez partió a Europa, donde visitó varias bibliotecas para copiar, cotejar y litografiar códices de su país. De regreso a México, Ramírez colaboró con el emperador Maximiliano como ministro de Negocios Extranjeros y ministro de Estado. Al derrumbarse el imperio, el historiador se exilió una vez más en Europa y llevó consigo los manuscritos y obras que por muchos años había acumulado, «una biblioteca de enormes proporciones para la época» (Sáenz Carrete, 2011, p. 132). Ramírez murió en Bonn, Alemania, en 1871, y su biblioteca volvió a México. Los herederos de Ramírez concedieron a Alfredo Chavero la oportunidad de escoger la parte más selecta de la colección, tanto obras impresas como manuscritos. Otros intelectuales y coleccionistas de libros como Joaquín García Icazbalceta, al enterarse de este arreglo, no se esforzaron en adquirir la biblioteca. Tiempo después, Chavero vendió todos los libros al coleccionista Manuel Fernández del Castillo, con la condición de que no salieran del país. Desafortunadamente, intervino de nuevo el sacerdote Fischer, quien convenció a Fernández del Castillo de vender la biblioteca en Europa. Así, esta cruzó nuevamente el Atlántico y, en 1880, los textos más importantes de la colección fueron rematados en Londres, un hecho que Ramírez nunca hubiese aprobado. Según Erasmo Sáenz Carrete, es probable «que la subasta pasara desapercibida en México, porque Ramírez había colaborado con el emperador Maximiliano» (Sáenz Carrete, 2011, p. 109). Hoy muchos de esos documentos se encuentran en el Reino Unido, en la Biblioteca Nacional de España y en la Biblioteca Bancroft de la Universidad de California en Berkeley. Los materiales de la colección Ramírez se fueron del país, pero los estudiosos del Porfiriato intentarían compensar esa y muchas otras pérdidas al desarrollar la Biblioteca del Museo. Esta logró reunir libros de diversas maneras, principalmente a través de compras y donaciones. Algunos de los más frecuentes contribuyentes a la colección fueron intelectuales y empleados del Estado, como el famoso escritor Guillermo Prieto, quien vendió varios libros a la institución en 1878. Otros eligieron el camino de las donaciones. A veces los donantes fueron empleados del Museo, como el historiador y arqueólogo Antonio 228
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