Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

Sin embargo, esos positivistas dependían de textos escritos para analizar los objetos que tenían frente a sus ojos. En ocasiones, examinaban un artefacto para verificar la información encontrada en los textos; pero la mayoría de las veces hacían lo opuesto: revisaban página por página y texto por texto con el propósito de descifrar el significado mismo del objeto. Hay docenas de estudios que se enfocan en lo que Sahagún, Humboldt o algún otro estudioso tenía que decir sobre una pieza específica. La arqueología, por tanto, nació en el Museo de México «ligada a la historia» (Rutsch, 2007, p. 79). Inclusive las mismas metáforas usadas para describir los artefactos desnudaban esa conexión: los objetos eran «los archivos» de la nación, «las fuentes más puras», «las páginas delicadas de nuestros libros de historia»136. Además, mientras los artefactos a menudo eran mencionados como «libros», los códices y otros textos, en cambio, eran referidos como «monumentos». Desgraciadamente, muchos de estos «monumentos», códices y otras fuentes escritas fueron extraídos del país, problema que se convertiría en una plaga a lo largo de la historia de México. La legislación colonial hizo poco para detener esa hemorragia de objetos que salían de la Nueva España. De hecho, la primera ley que intentó remediar el problema no apareció hasta después de la independencia, en 1827, cuando el «Arancel para las aduanas marítimas y de frontera de la República Mexicana» prohibió la exportación de «monumentos y antigüedades» junto con valiosos recursos como el oro y la plata (Lombardo de Ruiz & Solís Vicarte, 1988, p. 39)137. Leyes como estas fueron de todas maneras ignoradas a lo largo del siglo XIX, ya que México era demasiado inestable para asegurar su cumplimiento. Y a pesar de que el Porfiriato produjo más legislación con respecto a las antigüedades, su exportación ilícita continuó intacta. Las leyes de México, además, generalmente se referían a los artefactos y ruinas de la antigüedad y no mencionaban específicamente manuscritos ni códices. Así, el siglo XIX fue testigo de una diáspora bibliográfica. Libreros extranjeros y mexicanos sacaron provecho de la inestabilidad en México y alimentaron un creciente mercado internacional en libros valiosos. Bibliotecas personales fueron desarraigadas del territorio nacional por diversas circunstancias. Un caso conocido fue el de Agustín Fischer, un sacerdote alemán y colaborador del emperador Maximiliano de Habsburgo durante la invasión francesa (1862-1867). En 1865 el emperador Maximiliano compró la biblioteca personal del librero José María de 226

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