La historia oficial que Chavero y otros construyeron, además, estaba firmemente enraizada en el pasado precolombino. El Porfiriato conllevó un esfuerzo concertado en anclar los orígenes de México en la antigüedad indígena. Este desarrollo se hizo explícito en México a través de los siglos, pues fue una obra que le dio a la nación la continuidad de una existencia que se alargaba hasta los tiempos más remotos. El pasado prehispánico le procuraba a México un sentido de eternidad fundado en raíces prestigiosas y centenarias. También le dio a México, una nación nacida de una colonia y golpeada por generaciones de opresión e invasiones, un pasado anterior a las dominaciones extranjeras, una historia de autonomía anterior al colonialismo; en otras palabras, confirió a México un pasado auténtico y propio. Al igual que otras élites en el mundo, las élites mexicanas incorporarían la antigüedad como una fuente de orgullo, una forma de mostrar la «cultura genuina» del país y una alternativa propia al pasado del colonialismo. La Biblioteca del Museo Nacional reflejó ese énfasis. Mientras acumulaba libros sobre múltiples temas, se convirtió en un centro de estudio de textos del pasado prehispánico y del periodo colonial temprano. Al final del Porfiriato, incluso llegó a tener un salón especial para los códices. El énfasis de la Biblioteca en el pasado indígena se desarrolló paralelamente a la ciencia de la arqueología, un naciente campo de estudios que surgió dentro del Museo Nacional, su escenario institucional original. Los arqueólogos del museo, hombres como Del Paso y Galindo y Villa, fueron principalmente eruditos de sillón que dedicaron gran parte de su energía a analizar fuentes escritas. De hecho, para el observador del presente, la mayoría de esos científicos no tenían mucho de arqueólogos pues trabajaban más que nada como historiadores, estudiando la antigüedad a través de textos polvorientos y viejos como los códices, de escritos de científicos como el naturalista alemán Alexander von Humboldt y, cuando era posible, de los trabajos de sus colegas arqueólogos. La colección de textos sobre el pasado indígena, por lo tanto, resultó ser esencial para la ciencia. Los arqueólogos del Museo basaron sus investigaciones en una lectura acentuada de los textos: utilizaron los documentos para estudiar las culturas prehispánicas, pero principalmente usaron los documentos para estudiar los objetos. Los investigadores de hoy consideran a los arqueólogos mexicanos como positivistas, científicos que enfatizaban la observación directa —investigación llevada a cabo a través de los sentidos humanos— como la verdadera fuente del conocimiento. 225
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