Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

el museo quedó dedicado a los campos de arqueología, antropología e historia, en otras palabras, al estudio del pasado y el presente de México. Este cambio se reflejó en el nuevo nombre de la institución: Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología. Esto luego se reflejaría en la BNAH, que todavía tiene una inmensa colección de monografías especializadas en la antropología, la arqueología, la historia, la etnohistoria y la etnología. Durante el Porfiriato, el Museo Nacional fue dirigido por algunos de los eruditos más dedicados de México. De hecho, la lista de los asociados con la institución se lee como un «quién es quién» del mundo intelectual de aquellos tiempos. Aunque cada profesor se dedicaba a hacer investigaciones, muchos carecían de educación formal en la disciplina de su departamento. Jesús Galindo y Villa, por ejemplo, fue profesor de arqueología (1903-1906), pero recibió su educación formal en ingeniería. Estos profesores vivían en una época anterior a la consolidación de las divisiones entre las diferentes disciplinas. Eran polímatas, expertos en varios campos, desde etnografía hasta filología, música y poesía. Se hicieron especialistas simplemente por el hecho de escribir y hacer investigaciones en su campo. Los profesores formaban parte de un mundo intelectual amplio. Mantenían vínculos con muchas instituciones educacionales y museos de su país y del extranjero, sobre todo en Europa, los Estados Unidos y otros países de Latinoamérica. Pese a vivir de su labor intelectual, la mayoría de estos hombres no tenía un estilo de vida de la clase alta y muchos de ellos a duras penas lograban sobrevivir la quincena, como el arqueólogo Jesús Galindo y Villa, quien murió en la absoluta pobreza. Sin embargo, como miembros de la élite intelectual, sus puntos de vista coincidían con los de los poderosos. Además, un buen número de ellos tomó parte activa en la política mientras otros fueron servidores públicos; vivían, así, «a medio camino entre la academia y la política» (Rutsch, 2007, p. 142). Alfredo Chavero, autor del capítulo sobre la antigüedad en México a través de los siglos, no solo fue director del museo (1902-1903) sino también miembro del Congreso y subsecretario de Relaciones Exteriores. Al referirse a esa generación de intelectuales, Enrique Florescano explica que ellos sentaron las bases «de la investigación histórica rigurosa y realizaron una obra hasta la fecha no igualada de acopio, rescate y edición de documentos sobre la historia antigua, colonial y moderna del país» (Florescano, 2001). 224

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