pronto descubrieron el lado liberal de esta militante comunista y eso determinó su escandalosa separación en 1967. Freyre de Andrade creía en el socialismo y la revolución, pero también creía que los lectores debían escoger sus propias lecturas. La Revolución, por otro lado, creó un virtual monopolio en la producción de libros. La Imprenta Nacional, a cargo de Alejo Carpentier, publicó una selección de obras de la literatura universal para ponerlas a disposición de los nuevos alfabetizados. Casa de las Américas y otras instituciones lanzaron también ediciones masivas de autores cubanos y latinoamericanos. Pero los requerimientos del sistema educativo y el énfasis en cuestiones tecnológicas y de planificación — producto del acercamiento al socialismo soviético— hizo que la Imprenta Nacional se concentrara, sobre todo, en la producción de manuales escolares y obras técnicas. Aunque la Imprenta Nacional publicó millones de ejemplares por año, una porción reducida de su presupuesto era destinada a la literatura. Por ello, los cubanos «devoraban» cada nuevo libro de literatura que salía al «mercado» —agotaban cada nueva impresión en materia de días—, lo que hacía que los estantes de la Cuba socialista parecieran estar siempre semivacíos. Finalmente, Alfredo Alzugarat nos presenta un análisis sorprendente de las bibliotecas carcelarias de Uruguay durante el periodo 1968-1974. Nos informamos aquí de las prácticas educativas y de lectura de los presos militantes que colmaban ciertos penales uruguayos. En esta época, muchos guerrilleros y guerrilleras fueron apresados y remitidos a cárceles de mediana y alta seguridad: los penales de Libertad, Punta Carretas y Punta de Rieles. Al principio, los presos gozaron de amplia discreción para organizar bibliotecas, distribuir libros y dictar cursos a sus compañeros. Con el objetivo central de formar cuadros militantes para la futura revolución, los presos formaron bibliotecas con predominio de textos marxistas —y algo también de filosofía, política y sociología— y establecieron escuelas de cuadros dentro del penal. Pero, con el golpe militar de junio de 1973, se introdujo la censura de las lecturas en las bibliotecas de las cárceles, se requisaron los libros que los presos tenían en sus celdas y muchos de estos libros —aquellos considerados inconvenientes o prohibidos— fueron quemados en piras o calderas. Entonces los presos guerrilleros optaron por crear pequeñas bibliotecas clandestinas. Estas estaban compuestas por pequeños librillos manuscritos, microcopiados en hojas de papel de fumar y luego protegidos por bolsitas de plástico. Así preparados, estos libros-cápsula se escondieron en retretes 21
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