De las veintisiete bibliotecas reseñadas en este estudio, cuatro, las de Ciro Alegría, César Pacheco Vélez, Juan Günther y Alberto Flores Galindo, fueron vendidas al menudeo, total o parcialmente. ¿Es esto necesariamente malo o lamentable? Desde cierto punto de vista sí, pues limita el acercamiento a la obra y la formación intelectual de sus propietarios y, en el caso de la de Günther, hará más difícil en el futuro el estudio de la historia de la ciudad de Lima. Pero, por otro lado, la venta de esas bibliotecas ha permitido que miles de libros vuelvan a circular y encuentren nuevos hogares y lectores. Como dijo hace unos años el escritor español Javier Marías, «Cuando la persona muere, la biblioteca empieza a tener poco sentido […] quizás lo más sensato es que los libros vuelvan a circular, vuelvan al mercado […] al fin y al cabo todos hemos hecho nuestras bibliotecas, todos las hemos construido en gran medida gracias a las bibliotecas dispersas de otra gente» (Marías, 2013)129. Otras, como las de Julio Ramón Ribeyro, Luis Jaime Cisneros y (parcialmente) Emilio Adolfo Westphalen, permanecen en posesión de sus familias. La gran mayoría, sin embargo, veintiuno en total, han sido depositadas, íntegras o en parte, por venta o por donación, en universidades, institutos y bibliotecas, y trece de ellas se han mantenido virtualmente íntegras. Las instituciones más beneficiadas con las donaciones o transferencias de fondos bibliográficos han sido la BNP (Porras, Arguedas y Macera) y la Universidad Católica y su Instituto Riva Agüero (Riva Agüero, Lohmann Villena y Denegri Luna). Lo que esto significa es que si bien la formación y el uso de las bibliotecas personales estuvieron marcados por el carácter privado que le imprimieron sus propietarios, luego de su muerte se ha producido una socialización de sus acervos bibliográficos. Las colecciones bibliográficas privadas, de hecho, han cumplido, como en otros países, un rol central en el reforzamiento de bibliotecas especializadas y públicas: estas serían mucho más pobres de no haber heredado los acervos de intelectuales y bibliófilos. Varios factores entran en juego para explicar esta tradición: un deseo de retribuir a la comunidad de la que formaron parte, sea la comunidad nacional o, más restringidamente, la comunidad académica; un anhelo, justificado en la mayoría de los casos, de perpetuar sus nombres y legados intelectuales al asociárseles con colecciones e instituciones duraderas; un interés por definir o reforzar áreas de investigación afines a sus intereses gracias a la puesta en servicio de bibliotecas personales altamente especializadas; y un criterio pragmático nacido de la necesidad de 204
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