está lejos de calzar con la imagen del coleccionista apegado a sus libros, acumulando miles de ellos y resistiéndose a desprenderse de sus tesoros. Su relación con los libros refleja las vicisitudes de un escritor que vivió una larga etapa en condiciones precarias, pero también su poco apego por las cosas materiales y su actitud a veces displicente respecto a la preservación de su biblioteca. CONCLUSIONES La acumulación bibliográfica en el Perú del siglo XX transcurrió por derroteros bastante azarosos. La principal biblioteca del país, la BNP, padeció de serias deficiencias casi sin interrupciones y fue afectada por tragedias atroces —como el saqueo durante la guerra con Chile, el incendio en mayo de 1943 y el robo sistemático de libros y documentos— que han afectado enormemente la investigación y el acceso al conocimiento a través de los libros. El resto de bibliotecas públicas apenas podía satisfacer la demanda de materiales escolares y de divulgación. Las bibliotecas universitarias dignas de ese nombre, reducidas prácticamente a dos —las de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Pontificia Universidad Católica del Perú—, han cumplido, con altibajos, sus funciones básicas. En este contexto, los intelectuales peruanos, sobre todo aquellos afincados en Lima, por exigencias de su trabajo, por una pasión coleccionista o por ambas razones, formaron vastas colecciones de libros que, en algunos casos, se convirtieron en repositorios tan o más ricos, en algunos aspectos, que la propia BNP. En general, formaron bibliotecas de trabajo más que colecciones ornamentales para presumir de tesoros bibliográficos128. Con muy pocas excepciones, estas bibliotecas han sido colecciones privadas, es decir, para uso casi exclusivo de sus propietarios. Si bien es cierto existen los ocasionales préstamos a amigos, colegas o estudiantes, la biblioteca personal era tanto una colección de libros como un espacio físico donde el propietario leía, pensaba y escribía en privado y al que muy pocos podían acceder. El caso de Félix Denegri Luna es una excepción: puso su notable biblioteca al servicio de los investigadores que necesitaban acceder a esos valiosos y con frecuencia únicos materiales. Esta socialización de las colecciones librescas es una rareza entre los coleccionistas privados, por lo menos hasta que ocurre lo inevitable, es decir, su muerte. 203
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