Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

hecho, en algún momento Ribeyro escribió que «la biblioteca personal es un anacronismo», pues «responde a circunstancias de tiempos idos, en los que por estar aislado del mundo era necesario tener el mundo a la mano» (1992, p. 128). A los que aspiran a tener grandes bibliotecas los llama «locos» y se refiere a ellos como personas para quienes «el libro es una garantía de inmortalidad y formar una biblioteca es como edificar un panteón en el cual le(s) gustaría tener reservado su nicho» (pp. 128-129). Figura 2. Julio Ramón Ribeyro en Lima, en 1959. Fotografía de Baldomero Pestana. Cortesía de los herederos de Baldomero Pestana. Pese a todo, había logrado reunir, hacia 1977, una biblioteca de 2000 volúmenes (Ribeyro, 2003, p. 569)126. Según Alfredo Bryce Echenique, «en la biblioteca de Julio hay ediciones preciosas. Es una biblioteca hermosa de mirar y de leer» (Coaguila, 2009, p. 135). Ribeyro tenía aproximadamente 4000 libros al momento de su muerte (Sánchez Hernani, 2010). Una pequeña parte de ellos habían sido llevados a Lima por el escritor cuando se mudó a la capital peruana en 1990. Según Ángel Esteban, en su departamento de Barranco solo había «una cantidad exigua de ejemplares, muchos de ellos colocados allí por sus familiares después de su muerte» (Esteban, 2014b, p. 119). El resto se quedó en París y todavía están bajo el cuidado de Alida Cordero, su viuda, aunque un número pequeño está en el departamento de su hijo127. A diferencia de varios de los intelectuales que hemos estudiado en este trabajo, Ribeyro 202

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