Balzac, Chejov, Flaubert; incluso vendió al peso ejemplares de alguno de los primeros libros que publicó. Sus libros, dice con fino humor, se hicieron, literalmente, humo. Un cuento autobiográfico suyo, «El polvo del saber», nos permite apreciar la atracción que los libros y bibliotecas ejercieron sobre Ribeyro desde que era niño, pero también los riesgos derivados de considerarlos como objetos casi sagrados. El cuento narra cómo, cuando era niño, le tenían prohibida la entrada a la casa donde se guardaba la biblioteca de su bisabuelo, quien había atesorado unos 10 000 volúmenes. Varias situaciones familiares se confabularon para que, conforme pasaban los años, su ingreso a ese lugar prohibido, que se había convertido en una obsesión, se viera truncado. Fueron muriendo los parientes y la casa se convirtió, tiempo después, en una pensión para estudiantes a la que Ribeyro logró ingresar gracias a un amigo suyo que estaba hospedado allí. Al preguntar por la biblioteca, se le informó que los libros habían sido trasladados a los cuartos de la «servidumbre», pues eran «unas vejeces» inservibles. Cuando finalmente logró ver los libros solo pudo comprobar que se habían convertido en «una materia porosa y polvorienta, que se deshacía apenas trataba de aferrarla». «La codiciada biblioteca no era más que un montón de basura» (Ribeyro, 2010)125. En ocasiones, Ribeyro consideraba las bibliotecas más un estorbo que una bendición, pese a que siempre compraba libros y los valoraba, como vimos anteriormente, como verdaderos tesoros. La primera de sus Prosas apátridas se refiere precisamente a los libros y las bibliotecas: «¡Cuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos» (1975, p. 29). En otro texto, aunque no se refería explícitamente a los libros, el autor dejó por escrito lo que sentía frente a la acumulación de objetos materiales: «Entro a la cocina y veo a mi mujer sumergida bajo centenares de platos, tazas, fuentes, ollas, copas, cubiertos, coladores, espumaderas, aparatos eléctricos, tratando de limpiarlos y ponerlos en orden. Y me digo que no hay nada peor que caer bajo la dominación de los objetos. La única manera de evitarlo es poseyendo lo menos posible. Toda adquisición es una responsabilidad y por ello una servidumbre» (Ribeyro, 1992, p. 86). No eran tanto los libros los que le generaban resistencia, sino su abundancia, su acumulación, el hecho de que no pudiera leerlos todos y los problemas que conllevaba mantener, y a veces trasladar, una biblioteca. De 201
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