Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

despreocupación por las cosas materiales, el dinero y los aspectos más mundanos de la vida. Su libro La tentación del fracaso es, desde el título, un claro retrato de su personalidad (Ribeyro, 2003). Ribeyro tuvo una relación muy ambigua y cambiante con los libros. En varios escritos y entrevistas dejó en claro su amor por ellos: «Yo sostengo que el libro es un objeto al que hay que poseer. Tiene que haber una relación vital, amorosa con él. Por eso, yo también los subrayo, los araño, les hago notas marginales. Uno tiene que vivir con sus libros, irse a la cama con ellos, dejarlos marcados» (Coaguila, 2009, p. 135)124. En una carta de 1965 a su hermano Juan Antonio le pide que le envíe algunos de sus libros a París: «Estoy pensando seriamente pedirte que me envíes mis libros; no todos en verdad, pero aquellos que pueden serme útiles aquí […]. Tener mis libros lejos es como no haberlos leído, pues cada vez que necesito verificar una cita o recordar un pasaje no me queda otra cosa que lamentarme de esta separación» (Ribeyro, 1998, p. 126). Los apreciaba como fuentes de conocimiento o de placer, pero no tenía —al menos, no de forma consistente— el afán coleccionista o de preservación que otros intelectuales como Sánchez o Vargas Llosa han tenido. Además, enfrentó periodos de estrechez económica, sobre todo en la década de 1950, pero también, intermitentemente, en años posteriores, lo cual lo obligó a deshacerse de algunos de sus libros, algo que consideraba «un crimen imperdonable, una forma de suicidio espiritual». Su amor por los libros es innegable —«Mis libros son mi pan, mi sombra, mi memoria, todo esto y aún más»—, por lo que deshacerse de ellos implicaba, en ocasiones, un verdadero drama personal : «Siento un dolor desgarrador y estoy a punto de echarme a llorar. ¡Cuántas veces me he privado de una comida por comprar un libro!» (Ribeyro, 2003, pp. 119, 121). En una entrada en su diario se lee: «Le Grand Mealnes de Alain Fournier, Dominique de Fromentin y el Benjamin Constant de Du Bos, se convirtieron en un vaso de leche y un paquete de cigarrillos Gauloises» (p. 125). En su libro Sólo para fumadores, Ribeyro cuenta que cada vez que se quedaba sin dinero para comprar cigarrillos sacrificaba libros de su biblioteca. En algún momento se quedó con apenas unos doscientos libros, «pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda» (Ribeyro, 2009, p. 20). Esos libros contenían, de alguna manera, «las huellas de mi aprendizaje literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual» (p. 21). Poco a poco fue vendiendo libros de Valery, 200

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