podrían interesar y hacía viajes a provincias y a otros países con la sola misión de adquirir libros y publicaciones periódicas para su biblioteca. Tuvo que construir un espacio separado en su casa, en el distrito de San Isidro, para cobijar su enorme biblioteca. Y a partir de cierto momento contrató a bibliotecarios —entre ellos a don Alejandro Lostanau, una verdadera leyenda de la bibliotecología peruana— para que le ayudasen a catalogar y mantener su colección. La biblioteca llegó a contener aproximadamente 50 000 volúmenes (Sanz, 2000, p. 82). Denegri Luna concibió su colección como una herramienta para estudiar el Perú de los siglos XIX y XX, el periodo al que iba a dedicar sus numerosos estudios de historia diplomática, política y militar. Pero también llegó a la conclusión de que había que expandir la mirada hacia el área andina: «Casi todo el material de libros, folletos, revistas, periódicos y documentos son mayoritariamente peruanos o sobre el Perú, teniendo también colecciones bolivianas, colombianas, chilenas y ecuatorianas, ya que sería incomprensible nuestra historia olvidando la de los países limítrofes» (Gutiérrez Muñoz, 2000, p. 64). Fue uno de los pocos historiadores de su generación que ensanchó el horizonte de sus intereses para incluir países como Chile, Bolivia y Ecuador. Logró reunir folletos y periódicos inhallables incluso en la BNP. Su colección incluía 1139 periódicos de Lima, de otras partes del Perú y de países vecinos112. A diferencia de la mayoría de intelectuales mencionados en este ensayo, Denegri Luna puso su biblioteca a disposición de investigadores peruanos y extranjeros. La lista de historiadores —consagrados y jóvenes— que accedieron a la biblioteca de Denegri Luna es abundante113. Esta generosidad ha sido ampliamente reconocida. Además, su biblioteca se convirtió en un espacio para animadas tertulias. César Gutiérrez Muñoz ha dejado este testimonio: La biblioteca fue mucho más que una mera colección de publicaciones importantes y, en muchos casos, únicas. Se convirtió en una especie de ateneo, donde se conversaba acerca de diversos temas, en algunos casos con mucho énfasis, hasta con pasión. Allí, don Félix acogía, sobre todo los fines de semana, con rara y a veces incomprensible hospitalidad, a historiadores hechos y derechos y a jóvenes que aspiraban a serlo (Gutiérrez Muñoz, 2000, p. 66)114. El mismo Denegri Luna inició las negociaciones con la Universidad Católica para transferir su biblioteca. Quería evitar tanto la dispersión como una posible salida al exterior. El contrato estipulaba, según 196
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