Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

de cada volumen no era muy alto, como se reconoce en la página web de la biblioteca de dicha universidad, pero en conjunto la colección reflejaba bastante bien el panorama literario y cultural latinoamericano de la primera mitad del siglo XX y los gustos e inclinaciones de uno de los críticos literarios más importantes de su generación109. Sánchez conservó un número no determinado de volúmenes, incluyendo libros anteriores a 1890 y títulos que tenían algún valor especial. Por ejemplo, cuenta que el golpe militar lo sorprendió releyendo Don Quijote. Aunque decidió no volver a tocar esa edición de Don Quijote «por temor de que traiga mala suerte», prefirió no incluirlo en la venta a Penn State: «Descansa en paz en lo alto de uno de mis anaqueles» (Sánchez, 1988, p. 99). Desprenderse de sus libros, confesó Sánchez, fue un episodio traumático. Quizás resulte ilustrativo citar in extenso la manera en que recuerda, con algo de dramatismo, ese momento aparentemente tan doloroso: De pronto me parecía ver mi colección de novelas americanas, amorosamente reunidas en el transcurso de treinta años. Eran unas quinientas. Al separarme de ellas sentí como si me hubieran amputado un miembro sin anestesia. Me dolía la médula, me dolían hasta los testículos. El día que contemplé vacíos los anaqueles de acero del departamento que tenía alquilado especialmente para la biblioteca, me sentí de nuevo huérfano. Era un acto irreversible. Se habían marchado mis mejores amigos, mis mejores maestros, mis más caros recuerdos, mis amores más fieles y sufridos […]. Este éxodo masivo y selectísimo me produjo un trauma incurable. Acentuó mi sensación de soledad. Me hizo comprender que el camino final está hecho de paulatinas o súbitas desapariciones, y que uno llegará a la tumba tan desnudo como vino al mundo (Sánchez, 1987, pp. 184-185). La biblioteca de Sánchez siguió creciendo luego de la venta que hizo a Penn State University. Incluso compró copias nuevas de títulos que había vendido: «yo quería que no faltasen en ella algunos, por lo menos algunos, de mis amigos… Aquí están ahora: Azorín, Rubén, Unamuno, Eça de Queiroz, Anatole France, Cervantes y Valle Inclán: los acaricio con los dedos en un acto de fruición inenarrable» (Sánchez, 1988, p. 91). Solo de Valle Inclán había encargado a Madrid nada menos que dieciocho títulos. Según Hugo García Salvatecci, uno de sus colaboradores más cercanos, Sánchez hizo una segunda venta a una universidad norteamericana, pero mis intentos por conseguir información sobre ella —dimensiones, fecha, destino— han sido infructuosos. Tampoco en esta segunda operación se 194

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