salud que produjeron su temprana muerte en 1930, a la edad de 36 años (Flores Galindo, 1994). Mariátegui formó una biblioteca de trabajo —no muy abundante pero sí muy selecta— en varios idiomas. Trajo de Europa numerosos libros, encargó muchos a sus amigos y corresponsales en distintas partes del mundo, sobre todo en América Latina, y muchos otros le fueron obsequiados por sus autores. Su correspondencia revela la manera como utilizaba el canje bibliográfico con intelectuales, tanto del Perú como de otros países, para poder conseguir materiales que le interesaban. Encargaba muchos libros a Francia e Italia y, en 1926, le dijo a Ángela Ramos que recibía «libros, revistas, periódicos de muchas partes, aunque no tantos como yo quisiera» (Vanden, 1975, pp. 16-17). Su casa del jirón Washington albergaba una habitación donde, además de su escritorio, tenía los libros «repartidos en una estantería ordenada; sobre la mesa central figuraban las novedades, los textos que llegaban de Buenos Aires, México o París, las revistas a las que estaba suscrito Mariátegui» (Flores Galindo, 1994, p. 448). Esa misma habitación era utilizada como espacio para las tertulias diarias que Mariátegui reunía entre 6 y 8 de la noche. Su hijo Javier Mariátegui dejó la siguiente descripción: La casa se compone de un hall de entrada, un escritorio a la izquierda y una amplia sala frente a la puerta de entrada. Ahí estaba la biblioteca, conformada por una gran variedad de libros, revistas y periódicos, coleccionados sin orden en sencillos estantes; la biblioteca fascinaba a dos bibliófilos consagrados como Jorge Basadre y Honorio Delgado. Basadre recordaba que «en su biblioteca se podía encontrar libros y periódicos sobre temas literarios, políticos y sociales que en ninguna otra parte de Lima había»; Delgado estaba sorprendido por lo bien informado que estaba José Carlos sobre los movimientos de vanguardia europea, las ciencias sociales y la psicología profunda, en especial el psicoanálisis freudiano (Miró, 1994, p. 6). Cuando ocurrió la intervención policial en su casa en 1929, a Mariátegui le costó «enorme trabajo impedir que se llevaran una gran parte de [la] biblioteca. Se apoderaron, sin embargo, de una colección italiana de obras socialistas y de otros libros, folletos y revistas» (Miró, 1994, p. 57). Luego de la muerte de Mariátegui, su viuda tuvo que afrontar el reto de sostener, con escasos recursos, a sus cuatro hijos. Con el fin de ayudarla, el historiador Jorge Basadre organizó una colecta para comprarle parte de la biblioteca de Mariátegui y donarla a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Veinte profesores donaron diez libras cada uno para pagar por 191
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