otros— que surtían a bibliotecas y coleccionistas extranjeros con materiales muy específicos, una solución que resultaba más atractiva para los compradores pues así evitaban hacerse de colecciones que incluían materiales repetidos. Tercero, instituciones extranjeras —norteamericanas y, a partir de la década de 1980, japonesas— enviaban agentes a recorrer librerías de viejo y comprar, a precios mucho más accesibles, aquellos libros antiguos o raros que necesitaban en sus anaqueles. Así, más que por alguna política estatal —por otro lado, inexistente— el hecho de que no hayan salido más bibliotecas al extranjero responde a factores muy específicos que tienen que ver con la demanda más que con la oferta. Sin embargo, hay que subrayar también que algunas de estas bibliotecas, de hecho las más valiosas, que quizás hubieran podido ser colocadas en alguna institución extranjera, se quedaron en el Perú por deseo explícito de sus dueños. Es el caso de Riva Agüero, Porras, Basadre, Denegri Luna, Macera y Vargas Llosa, entre otros. Hay aquí una manifestación de nacionalismo cultural —no encuentro otra manera de designarlo— que mueve a los intelectuales a preferir que sus bibliotecas se queden en su país de origen y sirvan a la comunidad a la que pertenecen. En las páginas que siguen ofreceré información detallada sobre algunas de las bibliotecas mencionadas para luego concluir con algunas observaciones de carácter general. LA BIBLIOTECA DEL AMAUTA José Carlos Mariátegui (1894-1930), como es ampliamente conocido, fue un intelectual autodidacta. Inició su aprendizaje intelectual de la mano del periodismo y, guiado por su inagotable curiosidad, se convirtió en un lector voraz y ecléctico. Luego de su paso por Europa regresó a Lima en 1923 e inició una incansable labor intelectual y política que incluyó la redacción de ensayos y libros, la dirección de importantes revistas como Amauta y Labor, un intenso intercambio epistolar con intelectuales de todo el mundo, su colaboración con el proyecto aprista que lideraba Haya de la Torre hasta la ruptura de 1928, y la fundación del Partido Socialista Peruano. Se enfrascó en intensos debates de tipo doctrinario y político — especialmente con Haya de la Torre y la Comintern—, sufrió hostilidad por parte del gobierno de Leguía —que lo tuvo cuatro veces bajo arresto domiciliario y hospitalario— y, finamente, enfrentó serios problemas de 190
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