sobre partículas pronominales y sobre los mecanismos de aglutinación de las lenguas indígenas. Desde sus gabinetes-bibliotecas, ambos intelectuales contribuyeron a la conformación de una primera etnografía lingüística en el Río de la Plata. Farro sugiere que, desde su Catamarca natal y utilizando una colección privada formada sobre la base de obras de autores europeos, Lafone Quevedo pudo participar en la empresa transnacional de descubrimiento de las culturas indígenas de la región. En su estudio de la Biblioteca del Museo de Río de Janeiro, Maria Margaret Lopes se ocupa de la problemática de las bibliotecas científicas. Durante las primeras dos o tres décadas de existencia, el Museo careció de libros sobre historia natural para contrastar y clasificar sus colecciones de minerales, plantas, peces y animales. Sus directores carecían de presupuesto para la compra de libros y, de hecho, las pocas compras que se realizaron se hicieron a través de los fondos de la Biblioteca Pública de Río, la cual les transfería luego las obras. Fue el establecimiento de la Comisión de Exploración a las Provincias del Norte lo que, a partir de 1856, dio al museo la posibilidad de adquirir las previamente demandadas obras clásicas. Un experto fue enviado a Europa para contactar libreros y realizar los pedidos. Los libros adquiridos tenían altos precios pues algunos eran obras clásicas de las cuales quedaban muy pocos ejemplares para la venta, o se buscaban ediciones con las mejores ilustraciones. Hacia 1863, el museo ya poseía un caudal importante de volúmenes científicos: cerca de 1200. Pero fue la publicación de la revista del museo, Archivos do Museo, lo que posibilitó adquirir, por medio del canje, las principales revistas científicas de Estados Unidos, Europa, Medio Oriente y África. Esta colección, estrictamente científica, permaneció a disposición de los funcionarios del Museo de Río y se usó para clasificar los especímenes traídos por la propia Comisión de Exploración a las Provincias del Norte. La última sección del libro, «Bibliotecas, movilización política y proyectos revolucionarios», se inicia con el ensayo de Flavia Fiorucci sobre el impacto de las políticas culturales del peronismo en las bibliotecas argentinas. Fiorucci enfatiza la continuidad del ideario liberal en la vida de las bibliotecas argentinas a lo largo del primer peronismo. Durante gran parte del gobierno peronista (1946-1955), estuvo al frente de la Biblioteca Nacional Gustavo Martínez Zuviría, un nacionalista católico con fama de antisemita. En su visión, la preservación de las colecciones de la biblioteca era la primera prioridad y ellas serían útiles para investigadores serios y no para escolares o gente sin ocupación. Esta posición contradecía la doctrina 19
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