Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

Alberto («Tito») Flores Galindo, recordado historiador tempranamente fallecido a la edad de cuarenta años, fue un lector voraz, dueño de una inagotable curiosidad intelectual. Reunió una importante biblioteca de materiales relacionados con su trabajo como historiador —marxismo, movimientos campesinos y vida rural, rebeliones y revoluciones, entre otros temas—, pero que también incluía libros de poesía y narrativa. Vivió dos años en París, entre 1973 y 1975, y desde allí encargaba libros a Lima, preguntaba reiteradamente por las novedades bibliográficas peruanas, se mantenía al día en las publicaciones europeas y canjeaba libros con su amigo y colega Manuel Burga103. En una carta a Burga diría: «quiero explotar al máximo mi estadía en Europa: conocer la mayor cantidad de libros» (Burga, 2010, p. 52). Efectivamente, luego de un viaje a Italia a fines de 1973 y comienzos de 1974, escribió que «lo más importante que hice fue comprar libros» (Burga, 2010, p. 49). Flores Galindo no fue un coleccionista de rarezas o un bibliófilo consumado como lo fueron otros intelectuales; su biblioteca era básicamente una herramienta de trabajo. Luego de su muerte la colección fue preservada por su familia durante más de veinticinco años. Una combinación de factores —la falta de espacio, entre ellos— llevaron a la familia a desprenderse de aquellos libros que no necesitaban o que no tenían ningún valor especial y que, como me dijo su hijo Carlos, estaban acumulando polvo en los estantes de la casa familiar104. Cada miembro de la familia escogió lo que quería conservar: los libros de literatura y antropología, por ejemplo, quedaron en manos de Cecilia Rivera, viuda de Flores Galindo y antropóloga, mientras que los de psicoanálisis y temas conexos fueron preservados por Carlos y Miguel, sus hijos. Además, conservaron las publicaciones del propio Flores Galindo, algunos manuscritos y uno que otro libro con valor especial, incluyendo una edición de El capital con anotaciones y subrayados. A algunos amigos y colaboradores cercanos de Flores Galindo se les permitió escoger algunos libros. El resto fue ofrecido a las bibliotecas de dos universidades privadas, pero estas no mostraron interés. La única opción que quedaba era vender esas cajas de libros, no por dinero sino, como me dijo Carlos Flores Galindo, para que los libros de su padre adquirieran una nueva vida en lugar de estar expuestos al polvo y la polilla sin que nadie los use. En abril o mayo de 2017, un comerciante de libros viejos compró el lote completo y los libros terminaron efectivamente vendidos en los mercados informales de Quilca y Amazonas y en algunas ferias de libros usados. 188

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx