Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

peruana en general (Macera), relatos de viajeros (Núñez), novelas peruanas y latinoamericanas (Sánchez y Cornejo Polar), y literatura y lingüística (Cisneros). La biblioteca de Vargas Llosa es un caso singular: aunque no existe todavía un listado completo de sus títulos, se sabe que más que una colección sobre el Perú es una biblioteca verdaderamente global en su cobertura geográfica y lingüística y prácticamente sin fronteras en lo temático, pues incluye literatura, historia, filosofía, política, arte y muchos otros temas93. El caso opuesto sería el de Juan Günther, un arquitecto apasionado de la historia de Lima y que formó la biblioteca más completa que se conoce sobre dicha ciudad94. Un caso similar es el del crítico literario José Durand Flórez, quien se propuso «reconstruir» la biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega, a cuyo estudio había dedicado gran parte de su trabajo académico. Aquí se conjugaron el criterio utilitario y la obsesión del coleccionista: poseer todos esos libros era una forma de acercarse a su objeto de estudio e insertarse en el mundo no solo intelectual sino incluso material del Inca Garcilaso. Aunque la biblioteca de Durand Flórez era más extensa y variada, el eje de la misma, lo más valioso que contenía, era esa colección de libros cuyos títulos habían formado también parte de la biblioteca del Inca Garcilaso (Hampe, 1997). ¿Cuál fue el uso que se les dio a las bibliotecas privadas? Como es de esperarse, la abrumadora mayoría de ellas estaban al servicio casi exclusivo del propietario. Los bibliófilos suelen ser bastante egoístas: muestran, pero no comparten sus tesoros. El carácter privado de la colección, además, suele tener relación con el hecho de que los libros son anotados por sus dueños, lo cual genera una cierta renuencia a compartir con otras personas reflexiones y críticas que podrían causar incomodidades o malas interpretaciones. Sin embargo, hay excepciones. Luis Jaime Cisneros, por ejemplo, es recordado por sus estudiantes como un profesor y amigo generoso que no solo los recibía en su biblioteca sino también les prestaba libros. Franklin Pease hacía lo mismo y anotaba cada libro que salía de su estudio. Emilio Adolfo Westphalen, me contó su hija Silvia, solía prestar libros a sus amigos. Más allá de estos gestos de generosidad, las bibliotecas eran mantenidas como dominios casi exclusivos de sus propietarios, quienes a veces desarrollaban actitudes obsesivas respecto al orden y mantenimiento de ellas. El hijo de Luis Jaime Cisneros recordó que la única vez que su padre lo castigó físicamente fue cuando, siendo niño, cambió de lugar un libro de Góngora (Cisneros Hamann, 2016). La excepción más notable, quizás la única, como veremos más adelante, fue el 185

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