intelectuales locales o de coleccionistas e instituciones extranjeros. Esto incrementa la importancia de las bibliotecas privadas de los intelectuales, que en muchos casos terminaron siendo las únicas que poseían determinadas piezas bibliográficas valiosas o incluían secciones bibliográficas especializadas que, de otra manera, hubiera sido muy difícil reunir. Cada volumen que terminaba en los estantes de estos coleccionistas privados era un libro más que no salía al extranjero, con las excepciones que veremos más adelante. Desde la época colonial la posesión de libros ha sido percibida como un símbolo de estatus: los libros reflejaban y acentuaban la condición letrada de su dueño y, por tanto, su pertenencia a la élite política y cultural. Esta conexión entre bibliotecas privadas y estatus se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. En décadas más recientes, lo que Jean Franco (2003) ha denominado la caída de la ciudad letrada, y que en el Perú se ha manifestado en el deterioro de las instituciones culturales y la pérdida de valor del trabajo intelectual, ha determinado también que las bibliotecas privadas empiecen a declinar, que no se formen nuevas y masivas colecciones personales y que las existentes no sean vistas por el resto de la sociedad como artefactos de alto valor simbólico y cultural. Los intelectuales de hoy, por razones prácticas pero también por un cambio en la percepción del valor y utilidad de las bibliotecas personales, prefieren reunir colecciones de dimensiones modestas y muy ceñidas a sus necesidades. La posición económica, heredada o adquirida, de los intelectuales que hemos estudiado constituye un primer factor en la configuración de sus bibliotecas. Así, hay un grupo de intelectuales que disfrutaron de una posición económica privilegiada —como Riva Agüero y Denegri Luna— y cuyas bibliotecas están entre las más nutridas y completas. Riva Agüero, descendiente de una de las familias más adineradas del Perú y propietario de múltiples viviendas, terrenos y fundos, pudo invertir enormes cantidades de dinero en formar una biblioteca exquisita y llena de rarezas bibliográficas. Otros, que podemos considerar intelectuales mesoclasistas, carecían —sobre todo al comienzo de su actividad profesional— de los medios económicos familiares que les hubieran permitido acumular valiosos tesoros bibliográficos, aunque varios de ellos pudieron luego adquirir una posición económica relativamente cómoda a lo largo de sus carreras y constituyeron bibliotecas numerosas no carentes de valor bibliográfico. En este grupo podemos incluir a Porras Barrenechea, 183
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