Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

transformación en la producción de materiales impresos; y a partir de mediados de esa década hubo varias iniciativas —como los festivales del libro o «Populibros Peruanos»— que intentaron acercar el libro a las masas (Aguirre, 2017)88. Hubo libros cuyos tirajes de 10 000 o 20 000 ejemplares permitieron, de alguna manera, democratizar el acceso al libro en las décadas de 1960 y 1970. Durante el gobierno militar de Velasco Alvarado también se intentó masificar el consumo de libros, sobre todo con la colección «Biblioteca Peruana», que publicó a partir de 1973 más de sesenta títulos con tirajes de hasta 50 000 ejemplares. El acceso a libros extranjeros, por otro lado, fue mucho más restringido a lo largo de casi todo el siglo XX. Hubo librerías especializadas en libros en idiomas extranjeros, y algunas otras importaban libros de otros países hispanohablantes como España, Argentina o México. Para conformar una biblioteca solvente en cualquier disciplina intelectual, por tanto, hacía falta no solo dinero sino también redes y contactos transnacionales. En cuanto a las bibliotecas, con excepción de la Biblioteca Nacional del Perú (BNP) —cuya historia está llena de tragedias grandes y pequeñas— y, hasta cierto punto, las bibliotecas de la Universidad de San Marcos y la Universidad Católica, no existían otros repositorios que pudiesen satisfacer las necesidades de intelectuales e investigadores89. Algunas bibliotecas de órdenes religiosas contenían importantes acervos bibliográficos, especialmente para el estudio del periodo colonial, pero acceder a ellas no siempre era fácil. Por todo ello, no es de extrañar que los intelectuales, especialmente aquellos que desarrollaron su trabajo en la primera mitad del siglo veinte, se vieran en la necesidad de generar sus propias colecciones. Las generaciones arielista y del centenario, por ejemplo, no solo produjeron notables intelectuales sino también grandes coleccionistas de libros como Riva Agüero, Porras y Sánchez. A diferencia de otros países como Estados Unidos, Brasil o México, para limitarnos al hemisferio occidental, en el Perú casi no existen coleccionistas de libros que no sean también intelectuales. No conozco — aunque es posible que existan— bibliófilos equivalentes al banquero Pierpont Morgan en Nueva York o al abogado y empresario brasileño José Mindlin (Plummer, 1993; Mindlin, 2001). Por lo general, los miembros de las élites económicas peruanas no han tenido una relación muy cercana con el mundo de los libros y las colecciones bibliográficas90. La escasez de coleccionistas significa que el mercado de libros en el Perú, y en especial el mercado de libros antiguos y raros, quedaba a disposición de los 182

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