Dunbar Temple, pero con seguridad hay varias otras mujeres que en su momento formaron importantes colecciones bibliográficas. De los intelectuales seleccionados pocos han dejado testimonios escritos sobre sus bibliotecas —su formación, su importancia, sus avatares, su relación con ellas—, de modo que no siempre es fácil reconstruir las dimensiones más subjetivas y personales de la formación de esas colecciones. De los veintisiete personajes considerados, catorce son historiadores: Jorge Basadre, Pedro Benvenutto Murrieta, José Antonio del Busto, Félix Denegri Luna, Ella Dunbar Temple, Alberto Flores Galindo, Guillermo Lohmann Villena, Pablo Macera, César Pacheco Vélez, Franklin Pease, Raúl Porras Barrenechea, José de la Riva-Agüero, María Rostworowski y Luis E. Valcárcel; cinco son escritores: Ciro Alegría, José María Arguedas, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa y Emilio Adolfo Westphalen; y cinco son críticos literarios: Luis Jaime Cisneros, Antonio Cornejo Polar, José Durand Flórez, Estuardo Núñez y Luis Alberto Sánchez. Completan el grupo un antropólogo, Carlos Iván Degregori; un arquitecto interesado en la historia, Juan Günther; y un intelectual multifacético e inclasificable, José Carlos Mariátegui, a quien podríamos, para facilitar las cosas, colocarle el membrete de «ideólogo». Pertenecen a por lo menos cuatro generaciones de la intelectualidad peruana: la «arielista», la del «centenario», la del «cincuenta» y la del «68», y sus fechas de nacimiento van desde 1884 hasta 1949. Todos han fallecido, con excepción de Vargas Llosa y Macera. Quizás sea oportuno presentar algunas apreciaciones generales sobre la cultura del libro en el Perú del siglo XX que nos ayuden a ubicar los temas que quiero desarrollar en este ensayo. La cultura letrada peruana del siglo XX, aunque fundamentalmente centralista y limeña, incluyó también importantes núcleos y espacios intelectuales en otras ciudades, como Cusco, Arequipa y Trujillo. Las universidades más importantes, las librerías, imprentas y editoriales más reconocidas, las publicaciones más prestigiosas —diarios, revistas culturales— y las oportunidades de trabajo más auspiciosas, sin embargo, estaban en Lima. El libro fue, hasta por lo menos la década de 1950, un objeto que no llegaba al gran público y se identificaba con una minoría ilustrada. Las altas tasas de analfabetismo y el escaso interés por la lectura explicaban, según Sebastián Salazar Bondy (1958), el sombrío panorama que ofrecía la industria del libro en el Perú. La llegada de maquinaria para la impresión offset a comienzos de la década de 1950 representó una verdadera 181
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