polémica que entabló con Domingo F. Sarmiento poco tiempo después de la publicación de su libro sobre las bibliotecas europeas expresó con claridad las oposiciones que en el mundo político y cultural porteño encontraban sus proyectos sobre la institución que dirigía. La polémica estaba centrada en el tipo de biblioteca cuyo desarrollo y expansión debía priorizar el Estado. Para Sarmiento, el modelo propuesto por Quesada era objetable por su limitada proyección social. Desde su perspectiva, eran cuestionables los elevados gastos que demandaría una empresa de esa naturaleza. Quesada, según Sarmiento, se proponía construir bibliotecas «para sabios que no existen». El expresidente de la República consideraba que se trataba de un modelo que no era ni útil ni aplicable a las necesidades del país (Sarmiento, 1956, pp. 41-49). Para Sarmiento, era mucho más conveniente inspirarse en la práctica norteamericana de crear pequeñas bibliotecas en cada centro poblado. Estas brindarían un servicio fundamental a la causa de la extensión de la instrucción pública. Las bibliotecas eran pensadas entonces en el marco de un programa más amplio destinado a fortalecer el proceso de incorporación de la población a la educación primaria. En este contexto, Sarmiento formulaba una serie de consideraciones relevantes en torno al préstamo de libros que, desde su perspectiva, era un factor central en el proceso de construcción de las bibliotecas modernas, pero que Quesada insistía en prohibir. Aquí residía entonces la diferencia sustantiva entre la Biblioteca Pública y las bibliotecas populares. Los esfuerzos por crear instituciones como estas últimas tuvieron un eco significativo en esos mismos años y lograron un respaldo público relevante cuando, en setiembre de 1870, se promulgó la ley 419 de protección de bibliotecas populares que hubiesen sido fundadas por las iniciativas de vecinos. Como ha destacado Graciela Batticuore (2010), Sarmiento apostaba por la lectura como un instrumento de progreso y, en este contexto, su preocupación central radicaba en impulsar su práctica entre sectores sociales muy diversos y no solo entre las élites. En consecuencia, no compartía las ideas de Quesada, que apuntaban a limitar la circulación de los libros. La movilidad de estos era, desde la perspectiva de Sarmiento, fundamental en la construcción de una sociedad moderna. La cuestión del préstamo conformó así uno de los ejes de las controversias en las que se vio envuelto Quesada durante su gestión al frente de la biblioteca. Javier Planas (2011) ha destacado que en la década de 1870 la Comisión Protectora de las Bibliotecas Populares impulsó 171
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