Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

debían apoyarse en otro tipo de bibliotecas, las así llamadas «bibliotecas populares». Su posición un tanto elitista chocó con la de Domingo F. Sarmiento, quien, en su intento de promover la educación elemental, favorecía las bibliotecas de libre acceso, con préstamos domiciliarios. Quesada se negaba a dejar que libros o documentos salieran de la sede de la Biblioteca Pública. El ensayo de Carlos Aguirre examina la naturaleza, evolución y destino de las bibliotecas privadas de una muestra de veintisiete intelectuales peruanos durante el siglo XX. El autor encuentra que si bien los medios económicos facilitaron la tarea de los coleccionistas, hubo otros factores tal vez más importantes. Buena parte de estos intelectuales construyeron «bibliotecas de trabajo», algunas grandes, otras medianas y otras pequeñas. La expansión de estos patrimonios librescos tuvo que ver más con las trayectorias personales de los autores, con sus exilios, viajes y separaciones, que con la tenacidad u obsesión con el objeto-libro. En general, estas bibliotecas sirvieron para el trabajo de investigación y lectura de sus propietarios. Fueron muy pocos los autores que convirtieron sus bibliotecas en ámbitos de socialización y circulación de materiales. De las veintisiete colecciones examinadas, solo tres fueron vendidas al extranjero; la mayor parte fueron transferidas —total o parcialmente— a instituciones de la cultura en Perú: universidades, institutos y bibliotecas públicas. Un grupo pequeño de estas colecciones privadas «desapareció» o fue desintegrada en múltiples lotes y regalada o vendida. Si bien la Biblioteca Nacional y, en general, las agencias del Estado peruano no tuvieron una política clara con respecto a las colecciones privadas, una serie de factores contribuyeron a que estos fondos bibliográficos permanecieran en el Perú. Para mostrar los senderos sinuosos que siguieron algunas de estas bibliotecas, Aguirre analiza en detalle el devenir de cinco de estas colecciones: las de José Carlos Mariátegui, Luis Alberto Sánchez, Félix Denegri Luna, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro. Estos ejemplos muestran la importancia de los cambios políticos y sociales que afectaron la vida de estos intelectuales en la acumulación de libros: situaciones desagradables como prisiones, exilio, separaciones de pareja y pobreza afectaron la integridad y continuidad de estas colecciones. Aguirre concluye con algunas reflexiones en torno a las dificultades existentes para la formulación de políticas públicas consistentes y viables para la preservación del patrimonio bibliográfico acumulado por personas privadas. 17

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