modernidad colonial que Estados Unidos propuso a Puerto Rico hizo de la Biblioteca Carnegie un instrumento más del proceso de «americanización» y, por tanto, un momento de despolitización de la educación y la cultura en la isla. La segunda sección, «Bibliotecas y cultura letrada», empieza con el ensayo de Lilia Schwarcz, que narra el traslado de la Biblioteca Real de Portugal a la nueva sede del gobierno en Río de Janeiro, Brasil (18101811). Una biblioteca anterior con el mismo nombre y propósito había sido destruida por el devastador terremoto que azotó a Lisboa en 1755, y luego reconstruida bajo el reinado de José I. Esta biblioteca reconstruida y agrandada llegó a ser una de las mayores y más variadas de Europa, conteniendo todo tipo de libros, incluso aquellos prohibidos por la Inquisición. La biblioteca fue transportada por barco a Río de Janeiro en varias etapas. Luego, cuando Brasil declaró su independencia —en circunstancias en que el rey debió regresar a Lisboa—, el emperador Pedro I debió pagar una enorme suma de dinero para indemnizar al reino de Portugal por la pérdida de la biblioteca. A un lado y otro del Atlántico, la Biblioteca Real —luego Imperial— fue un emblema que representaba una tradición de monarcas ilustrados y coleccionistas de libros, mapas y documentos. No es sorprendente, entonces, que los avatares de la biblioteca siguieran de cerca las transformaciones que sufrió la monarquía en Portugal y en Brasil. El trabajo de Pablo Buchbinder relaciona el desarrollo de la Biblioteca Pública de la Provincia de Buenos Aires (1871-1879) con el difícil proceso de formación de una sociabilidad intelectual autónoma que giraba alrededor de bibliotecas privadas. En la década de 1860, la debilidad del Estado y la inestabilidad del periodo que siguió a Caseros hicieron que letrados e intelectuales formaran importantes bibliotecas privadas e intercambiaran entre ellos libros y documentos. El análisis de algunas de estas colecciones —Mitre, Lamas y Gutiérrez— muestra la existencia y funcionamiento de una importante red transnacional de intelectuales cuya vocación colectiva fue formar «bibliotecas americanas». Intentos anteriores de crear ámbitos de sociabilidad intelectual habían fracasado. Por ello, cuando Vicente Quesada asumió la dirección de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, quiso hacer de esta un espacio para la interacción de intelectuales que sirviera para fomentar las disciplinas humanísticas. La biblioteca, tal como Quesada la concebía, debía servir exclusivamente a «los estudiosos», no al público en general. Las tareas de alfabetización 16
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx