Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

Un aspecto fundamental de la propuesta de Quesada residía en la intención de reservar el uso de la biblioteca pública de la ciudad a los estudiosos. Concebía a la institución como un lugar privilegiado para la sociabilidad de estos últimos y espacio fundamental para impulsar el desarrollo y cultivo de las disciplinas humanísticas. A través de su cargo, Quesada aspiraba a incidir de manera decisiva en la difusión de una auténtica cultura científica en la sociedad argentina. La biblioteca debía contribuir a consolidar el espacio dedicado a las actividades específicamente culturales, en el sentido general del término. Por ello era preciso conformar un nuevo sistema de clasificación e incrementar sobre todo el número de volúmenes americanos. Pero para cumplir con este último objetivo era indispensable no solo el aporte particular a través de donaciones sino también la acción del Estado. Por otro lado, entendía que el papel de la biblioteca era central en la constitución de la imagen pública de la Argentina, ya que era la institución destinada a la difusión de los libros nacionales, tarea que debería realizarse a través del canje. Por eso, uno de sus principales objetivos al frente de la institución fue también la organización de una red oficial para el intercambio de publicaciones, para lo cual apeló a la ayuda de los embajadores en diferentes países (Etchepareborda, 2004-2005, pp. 13-135; González, 2010, pp. 76-79). Así, el fortalecimiento de instituciones como las bibliotecas públicas se relacionaba además, y de manera estrecha, con la creación y desenvolvimiento de los vínculos diplomáticos. Estos, para ser verdaderamente fructíferos, debían estar mediados por un mutuo conocimiento de las ideas y culturas que informaban a los grupos dirigentes. En su ya mencionada propuesta, Quesada postuló una reorganización integral de la biblioteca. Allí abordó cuestiones relacionadas con las características del edificio, los procedimientos para autorizar el ingreso y permanencia de lectores, la disposición de la sala de lectura y las formas de conservación de libros y folletos. También trató el viejo problema de la calificación de los empleados y señaló como requisito para ocupar puestos en la institución el dominio de lenguas modernas y antiguas. Sugirió dividir las existencias de la biblioteca en cinco secciones y armar los catálogos sobre esa base. Pero probablemente el aspecto central de su argumento se centraba en la diferenciación entre la Biblioteca Pública y las bibliotecas populares. La primera no podía, bajo ningún aspecto, asimilarse a estas últimas. El papel de la Biblioteca Pública consistía en la 169

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