Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

política y sobre todo del examen riguroso del funcionamiento de las bibliotecas públicas europeas. En 1873 había obtenido permiso para viajar a Europa y examinar el funcionamiento de las bibliotecas del viejo mundo con el propósito de proponer reformas para el organismo que estaba bajo su dirección. En 1877, producto de ese largo periplo, publicó Las bibliotecas de Europa y algunas de la América Latina (1877) y, posteriormente, un proyecto para reorganizar la biblioteca (1879). Es probable, entonces, que el viaje llevado a cabo entre 1873 y 1874 al viejo continente y en el que recorrió varias de sus principales bibliotecas le permitiera fortalecer algunas de sus ideas sobre la futura organización de la institución. Quesada tomó nota de la complejidad que conllevaba gobernar una biblioteca: había que prestar atención a la distribución y estado de los edificios y a la organización de los espacios para el cuidado y preservación de los libros. Dedicó un apartado especial a los catálogos, pues de su buen método dependía en cada biblioteca «el fácil y pronto servicio de sus libros» (Quesada, 1877, p. 217). El catálogo debía estar bien confeccionado y «bien llevado» —es decir actualizado periódicamente—, y tenía que estar permanentemente a disposición de los lectores. Otro apartado estuvo dedicado a la formación de los bibliotecarios, aspecto esencial para el correcto desenvolvimiento de cada institución. El contraste entre la situación de las principales bibliotecas europeas y la de Buenos Aires era notable. En Buenos Aires, el reclutamiento de los empleados no buscaba el saber y la competencia, ya que el sueldo era «mera ayuda de costas». Se podía entonces, al mismo tiempo, «ejercer una profesión liberal y ser director de una biblioteca» (Quesada, 1877, p. 75). Pero quizás lo más significativo de sus observaciones radicó en su perspectiva sobre la función de la biblioteca, que estaba ligada más a la guarda y a la conservación de los libros que a su difusión. En este marco situaba sus reflexiones sobre el préstamo bibliotecario: «algunos ignorantes se imaginan que la liberalidad consiste en prestar sin criterio, sin preocuparse de guardar». La mayor actividad de los empleados debía dirigirse a asegurar el «uso venidero» de los libros. En este sentido, rescataba particularmente el ejemplo alemán donde las bibliotecas eran «para los estudiosos, no para los haraganes: se forman para ilustrar y no para cobijar en los días fríos del invierno, en salas abrigadas, a los desocupados y a los inútiles» (Quesada, 1877, p. 350). 168

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