Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

La relación entre el espacio público y el privado es uno de los aspectos centrales de este análisis. Cabe destacar, en este sentido, que los esfuerzos por conformar ámbitos públicos que permitiesen a los eruditos contar con espacios de sociabilidad al margen de los círculos informales y privados que hemos descrito constituyó una preocupación de figuras destacadas del mundo político y cultural porteño. Estos proyectos comenzaron a tomar impulso, aunque lentamente y con dificultades, recién en la segunda mitad del siglo XIX, con el fin de las guerras civiles y ante el crecimiento de una estructura estatal que consiguió superar las consecuencias de la discontinuidad institucional y administrativa propia de la primera mitad del siglo. En 1854 Bartolomé Mitre impulsó, en el marco del entonces estado de Buenos Aires, la creación del Instituto Histórico-Geográfico, similar al que existía en Montevideo y tomando como ejemplo, sobre todo, al de Río de Janeiro. Su inauguración tuvo lugar en la misma Biblioteca Pública el 3 de setiembre de ese año. La idea de Mitre era conformar una asociación científica y literaria, «un teatro para la inteligencia, una tribuna para la libre emisión del pensamiento científico y literario y un centro para los hombres de ciencias, artes y letras». Creía Mitre que el instituto proporcionaría a todos los hombres de «inteligencia» un «campo neutral» para descansar de la agitada vida pública (Mitre, 1959, p. 100). Según su reglamento, debería formarse en su ámbito una biblioteca, un archivo, una colección de mapas y un museo de antigüedades. Una vez fundado, se incorporó el instituto al ámbito público, pero finalmente se disolvió entre 1859 y 1860 sin llegar a cumplir sus funciones. Un intento similar se registró por esos mismos años en Paraná y lo protagonizó Vicente Quesada. Quesada provenía de una familia porteña perteneciente a los círculos «distinguidos» pero con escasos recursos. Finalizó sus estudios universitarios de Derecho a principios de la década de 1850 y se incorporó a los círculos urquicistas luego de la batalla de Caseros. Sus intentos por llevar a cabo una carrera política se vieron frustrados en gran medida por su incapacidad para adaptarse al tono popular y plebeyo que la vida pública adquirió en la ciudad con posterioridad a la caída de Rosas. Sus destrezas intelectuales no le permitieron obtener el lugar al que se consideraba destinado, lo que lo llevó a un largo periplo por el interior y el litoral argentino y también a construir una visión profundamente crítica de la política argentina, a la que 166

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