Por otro lado, la relación entre patrimonio público y privado en lo que respecta a la posesión, circulación y transferencia de libros conforma una cuestión compleja que merecería un análisis con mayor profundidad del que podemos ofrecer aquí. Quienes participaban de esta red de intercambios privados eran al mismo tiempo funcionarios públicos de primera importancia. Es posible observar, con los matices que tiene la distinción entre público y privado para la época, ciertas tensiones entre las responsabilidades públicas y la pasión por el coleccionismo. Una fuente interesante para observar esta tensión es la correspondencia entre Mitre y Vicuña Mackenna relativa a las gestiones que hizo este último para desprenderse de una parte importante de su biblioteca personal. A principios de la década de 1860, Benjamín Vicuña Mackenna vendió parte de su biblioteca a la Universidad de Chile. Luego hizo gestiones para vender otra porción al Estado peruano, pero como estas se demoraban ofreció los libros sobrantes de la sección americana a Mitre, en tiempos en que este era presidente de Argentina. La intención de Vicuña Mackenna (1912[1863]) era que la colección «no se diseminase entre particulares», sino que conservase su cuerpo «siendo adquirida por un establecimiento público». Por eso, le comunicaba a Mitre que «si el Gobierno Argentino tuviese inclinación a adquirir en el todo o parte de esos libros, yo no tendría embarazo alguno en darle la preferencia». Esto le permitiría, le señalaba Vicuña a Mitre, dotar adecuadamente a la Biblioteca Pública de Buenos Aires, «que en 1855 era en extremo deficiente en libros americanos». Como un gesto de deferencia, le aclaraba que si él estuviese personalmente interesado en algún volumen en particular para su biblioteca personal, no tendría problema en cedérselo en calidad de obsequio. Mitre examinó el catálogo y observó efectivamente que había en él muchas obras que no estaban en la Biblioteca Pública de Buenos Aires. Sin embargo, no era posible aceptar la propuesta, «pues nuestro estado financiero es al presente muy difícil». Pero Mitre se refería a la situación del Estado, no a la suya propia. Por eso le anunció que, a través de Gregorio Beéche, le haría llegar la lista de aquellos «con que deseo aumentar mi biblioteca». Sin embargo, declinaba el ofrecimiento de recibirlos en carácter de obsequio: «no es justo que abuse de su desprendimiento, tan en armonía con su carácter y modo de ser» (Mitre, 1912b, pp. 20-22). 164
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