Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

estadístico de 1823, el número de volúmenes ascendía a 17 229, gracias al impulso otorgado por Bernardino Rivadavia cuando se desempeñaba como ministro de Gobierno de la provincia. Se trataba de un patrimonio bibliográfico considerable, sobre todo si se tiene en cuenta que había sido conformado en base al esfuerzo particular. Además, según el registro del establecimiento, durante ese mismo año habían concurrido a su recinto 3284 lectores para llevar a cabo consultas de diverso tipo. Sorprendentemente, treinta años después, el número de volúmenes llegaba recién a 20 104 y la asistencia no superaba aún los 3000 lectores al año. A pesar de todo, esta situación conllevaba una notable mejora con respecto a los años inmediatamente anteriores. Con cierto tono crítico, Groussac se refirió también a los primeros directores de la biblioteca. En ellos destacó la ausencia de preocupaciones genuinas por el desarrollo de la institución que dirigían y, en algún caso, el escaso celo con que habían desempeñado sus tareas más allá de cierta valoración marginal de sus méritos y carreras políticas. Sus argumentos dejaban entrever también la falta de preparación específica de estos funcionarios. En este marco, un caso particular y distinto era el de Vicente Quesada, quien, con un largo intervalo de casi dos años, dirigió la Biblioteca Pública entre 1871 y 1879. En su relato, Groussac hacía notar también un rasgo peculiar del mundo de los letrados porteños de la segunda mitad del siglo XIX: la existencia de nutridas bibliotecas privadas. La debilidad y pobreza de la biblioteca pública de la ciudad contrastaba con la existencia de patrimonios bibliográficos particulares muy importantes. Algunos de ellos estaban provistos de un número de volúmenes que les permitía competir con las existencias de aquella. La condición de hombre de letras en el Buenos Aires de mediados del siglo XIX se confundía con la de bibliófilo o coleccionista. Figuras destacadas de la política porteña eran reconocidas y consultadas a menudo a causa de la riqueza y variedad de sus bibliotecas privadas, construidas, en algunos casos, a lo largo de más de una generación. Las bibliotecas del canónigo Saturnino Segurola o de Pedro de Angelis eran famosas como lo sería tiempo más tarde la de Bartolomé Mitre, que llegaría a principios del siglo XX a los 40 000 volúmenes. Otra biblioteca importante fue la de Juan María Gutiérrez, quien había heredado un cuantioso patrimonio bibliográfico de su padre, Juan Matías Gutiérrez, un español asentado en el Río de la Plata que había mantenido una de las tertulias más concurridas del Buenos Aires de los primeros años del siglo 159

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