por qué Damaso no tenía dudas sobre el destino de la Biblioteca Real: debía salir de Brasil junto con la realeza. Su postura tendría importantes efectos para Brasil, ya que se llevó con él muchos de los más importantes documentos, fuentes primarias y manuscritos que habían llegado con la familia real. Probablemente para él esos documentos pertenecían a la familia real y no debían permanecer en la colonia. De los 6000 códices en la colección, Damaso retiró más de 5000, e incluso se lamentó por no haber podido llevarse los libros impresos. La actitud del bibliotecario, y la radicalización del proceso independentista, dieron forma a una disputa bibliográfica: esta no fue un mero detalle, ya que permite imaginar la batalla que siguió. Por un lado, aquellos que intentaban reinstalar la biblioteca en su espacio original y, por el otro, los que luchaban por retenerla como parte de una política de fortalecimiento científico y cultural de la nueva nación. El significado de tener una biblioteca nacional como esta no pasaba desapercibido para la élite brasileña, e incluso Pedro I, el futuro emperador de Brasil, luchó por preservar la colección en el trópico. Si bien eventualmente la victoria fue de Brasil y los libros se quedaron en América, el costo fue muy alto. El valor de la Biblioteca Imperial y Pública de la Corte, como fue llamada después de la independencia, se convirtió en objeto de cláusulas contractuales y disputas diplomáticas en un intento por consolidar la emancipación. Pedro I, emperador de Brasil, accedió a compensar a la familia real portuguesa por sus bienes y propiedades que permanecieron en Brasil, incluida la Biblioteca Real (Martins, 1922, p. 331). En la lista de pagos que Brasil tuvo que hacer a Portugal por su independencia, la biblioteca aparecía en segundo lugar después de la deuda pública. Los 800 reis en que fue valuada eran un monto sumamente alto en relación al total a pagar: representaba el 12,5% del costo de la independencia, cuatro veces más que la famosa corona de plata y que la suma de todo lo que quedó en Brasil (ver apéndice). Damaso, el bibliotecario real, no estaba convencido del costo asignado a la biblioteca, afirmando que ella «no tenía precio». «En mi opinión — escribió en 1825— dos millones no es nada, si consideramos que la Biblioteca tiene cada libro, mapa o documento que uno podría imaginar o desear» (citado en Ferreira, 1940, pp. 602-606). Pero había que ponerle un precio y Portugal recibió «800 contos», una suma alta pero insignificante comparada con el capital simbólico invertido en ella. Igual, era mucho 151
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