las personas solían decir que un libro podía robar la mente y que la Inquisición era la mejor forma de recuperarla (p. 57). Sin embargo, los libros confiscados por la Inquisición no desaparecieron: permanecieron accesibles para el inquisidor, los especialistas, doctores y otros académicos vinculados a la Iglesia. Por eso, cuando la Biblioteca Real fue reconstruida, paradójicamente se incorporaron algunos libros prohibidos por la Inquisición, incluyendo títulos de Jean-Jacques Rousseau, Montaigne y Diderot. En aquellos tiempos fueron considerados libros peligrosos debido a que contenían ideas francesas sobre la revolución. Con todo, luego de pasar por la mesa de censura controlada por la iglesia, se quedaban en la Biblioteca Real y enriquecían su acervo. El Estado también utilizó el mecanismo de «propinas», según el cual debía depositarse en las bibliotecas una copia de todos los libros impresos en el Imperio. Existía también una especie de división en la acumulación bibliográfica. Si los libros generales iban directamente a la Biblioteca Pública, todos los libros de carácter educativo tenían como destino la Biblioteca Real. Considerados esenciales para la educación de los enfantes —es decir, los príncipes y princesas, futuros reyes y reinas del Imperio portugués—, la colección incluía libros sobre geografía, matemáticas, historia, religión, danza, canto y otros temas77. La Biblioteca Real también contenía libros sobre las fronteras y el arte de gobernar que eran usados por el príncipe y su círculo con el propósito de mantener control sobre sus dominios78. Por esa razón, la biblioteca nunca dejó de crecer y adquirió la fama de ser la mejor de Europa. Fue también importante para entender las paradojas de la ilustración portuguesa: los libros confiscados por la Inquisición fueron añadidos a una biblioteca a la que solo podían acceder unos pocos. Sin embargo, la situación política portuguesa estaba por cambiar. Con la muerte del rey José y el ascenso de su hija, la reina Maria I, todo lo vinculado a Pombal fue eliminado, sustituido o postergado, y ese fue también el destino de la Biblioteca Real. De hecho, fue en esa época que se inauguró una nueva biblioteca —la Biblioteca Pública Real— instalada en el Terreiro do Paço y organizada en función de principios más modernos. A la cabeza de ese proyecto estaba Antonio Ribeiro dos Santos, un profesional cuya experiencia incluía la reforma de la Biblioteca de Coimbra y que vendría a imponer una nueva dirección al trabajo que estaba en marcha en Lisboa (Domingos, 1996, pp. 11-14). 144
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