biblioteca fue un refugio donde Palma pudo leer y escribir, además de socializar con los miembros de la ciudad letrada peruana. El ensayo de Paula Bruno se centra en la figura descollante de Paul Groussac, un intelectual de origen francés que dirigió la Biblioteca Nacional argentina por 44 años, de 1885 a 1929. Groussac ordenó y modernizó una biblioteca que había permanecido desordenada y anticuada debido a los vaivenes de la vida política argentina: comandó la confección de un catálogo general, organizó un fichero para la consulta del público, recogió importantes fuentes de archivo y mudó las colecciones a un edificio más amplio. Bruno se concentra en la figura de Groussac como promotor cultural, polemista y árbitro estético del mundo intelectual local. El director usó las revistas publicadas por la institución —La Biblioteca y Anales de la biblioteca— para traer novedades científicas y literarias al pequeño núcleo de lectores ilustrados a quienes estas publicaciones iban destinadas8. A partir de la biblioteca, el intelectual franco-argentino construyó para sí un enorme prestigio como árbitro estético y cultural de la nación en la era del progreso. Su crítica severa a jóvenes escritores y sus recurrentes polémicas con intelectuales formados generaron distancia y recelo entre el núcleo de la ciudad letrada que este tipo de biblioteca trataba de integrar. Groussac tenía una opinión negativa sobre los intelectuales locales y atribuía muchas de sus falencias a su relación con la política partidaria. Como Ricardo Palma, el intelectual franco-argentino también supo mantenerse alejado de los vaivenes políticos. Esta circunstancia, unida a su prestigio intelectual, le permitió una larga permanencia al frente de Biblioteca Nacional. En su capítulo, Iván Molina Jiménez presenta un panorama general del estado y crecimiento de las bibliotecas de Centroamérica. El ensayo muestra claramente que estas bibliotecas fueron el resultado del esfuerzo de gobiernos liberales durante la era del progreso (1870-1920). Los cinco países —Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica— fundaron este tipo de instituciones entre 1879 y 1888, en un contexto en el que se discutía como problemas centrales de la construcción de la identidad nacional la escasez de obras de autores centroamericanos y la inexistencia de repositorios bibliográficos. El derrotero de la acumulación de libros y documentos fue diferente. En algunos países, la confiscación de colecciones conventuales (Guatemala) y la compra de bibliotecas cardenalicias (El Salvador) dieron lugar a colecciones ricas en materiales coloniales y religiosos. En los otros, por compra o donación, se 14
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