Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

Sufragistas, fue presidenta honoraria del Partido Liberal Puertorriqueño (Saldivia-Berlund, 2000). El avance de dos distinguidas feministas para ocupar un puesto de tanto prestigio no rindió frutos, a pesar de que otra destacada feminista, Isabel Andreu, ocupaba el cargo de vicepresidenta de la Junta de Síndicos de la Biblioteca Carnegie. Por su parte, Manuel de Aldea y Nazario había entrado a la vida pública desde muy joven, fue compañero de luchas políticas de Muñoz Rivera y fiel secretario de Ramón Marín. Fue miembro activo del Partido Unionista y era ducho en asuntos obreros, además de ser redactor del periódico La Correspondencia71. Por otro lado, Luis O’Neill era el candidato lógico de la Junta de Síndicos, pues tenía la experiencia y las cualificaciones. Su nombramiento respondía, en gran medida, a un proceso de profesionalización de los servicios bibliotecarios que la misma Junta de Síndicos de la Biblioteca Carnegie había impulsado al haber enviado a Luis O’Neill a los Estados Unidos para que estudiara bibliotecología. Por otro lado, este fue militar y se educó bajo el sistema educativo norteamericano impuesto en 1898, ya que solo tenía diez años cuando ocurrió la invasión. No podía haber sospecha de que no fuera un fiel ciudadano norteamericano y menos una figura potencialmente polémica, como lo serían cualquiera de los otros candidatos (Vázquez Cartagena, 1998). O’Neill ya había validado públicamente su peritaje a través de las Conferencias de la Biblioteca Insular. En «La Biblioteca Pública Moderna», este combinó la emperifollada retórica, común de la época, con una retahíla de datos técnicos bibliotecológicos que posiblemente causaron el bostezo de muchos. Sin embargo, este documento nos revela algo del perfil ideológico de quien sustituyó a Manuel Fernández Juncos. Lo primero es que resulta obvio su entusiasmo por lo aprendido y quiere presentarse a la audiencia como experto. No era para menos, ya que era el primer puertorriqueño en estudiar la disciplina en los Estados Unidos. Segundo, destila la actitud del buen colonizado que admira y adula al colonizador cuando, al hablar de su labor como catalogador, dice: Y así tuve el gusto de oírselo decir a Mr. Claxton, el Comisionado de Educación de los Estados Unidos, cuando al ver el arreglo de los libros en los anaqueles, clasificados por el sistema de Dewey, exclamó: «Much like an American Library» «muy parecida a una biblioteca americana». Palabras como éstas alentadoras y que me enorgullecen, no como parte que formo del personal de esta institución, porque poco se debe a mis esfuerzos, si es que algo se debe, pero sí como portorriqueño (O’Neill de Milán, 1913, p. 95). 130

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