Con el aval del Departamento de Guerra, el Congreso de los Estados Unidos aprobó en marzo de 1917 la Ley Jones. La misma imponía, entre otras cosas, la ciudadanía norteamericana a los puertorriqueños. Este asunto tuvo repercusiones en la vida institucional de la Biblioteca Insular, ahora llamada Carnegie. Su entonces director, Manuel Fernández Juncos, tuvo que renunciar, ya que se negó a perder su ciudadanía española. El asunto fue discutido en la prensa del país68. La hoy abandonada y desacreditada Biblioteca Carnegie de San Juan se imponía en ese momento como un modelo de progreso y civilidad. Aunque el prestigio ganado tenía mucho que ver con sus funciones educativas y culturales, no es menos cierto que contar con un moderno edificio fortalecía dicha imagen. Un ejemplo emblemático de ello es el anuncio comercial de «Un Studebaker de 6 cilindros frente a la Librería Insular Carnegie»69. En un primer plano resalta la naciente cultura del automóvil, símbolo por excelencia del progreso y modernidad, y en el fondo, la Biblioteca, la cultura de la palabra escrita y el conocimiento, que conecta el pasado con el presente y anuncia a la imaginación colectiva un porvenir de sabiduría y democracia a «lo americano». Entre los círculos ilustrados puertorriqueños dominaba todavía el modelo europeo según el cual debía estar un intelectual a cargo de una biblioteca de relevancia nacional. El periódico La Correspondencia favorecía a Mariano Abril, el cual contaba en su historial el haber dirigido el periódico La Democracia en el 1895. El supuesto candidato había sido fiel colaborador de Luis Muñoz Rivera, miembro de la Cámara de Delegados en 1904, literato y preso político por sus ideas bajo el régimen español (La gran enciclopedia de Puerto Rico, 1976, XIV, p. 1). La renuncia de Manuel Fernández Juncos como bibliotecario no fue inmediata. Según consta en actas de la Junta de Síndicos de la Biblioteca Carnegie, no fue sino hasta el 22 de noviembre de 1917 que se aprobó la Ley para regular el funcionamiento de la biblioteca. Recién el 16 de setiembre de 1918 se aceptó la renuncia del insigne bibliotecario. Se desprende del acta que la plaza dejada vacante había sido solicitada por Manuel de Aldea y Nazario, Ana Roque de Duprey, Luis O’Neill y Beatriz Lasalle70. De estos candidatos, tanto Ana Roque de Duprey como Beatriz Lasalle eran distinguidas educadoras y líderes feministas. La primera, además de escritora, poseía una larga trayectoria política en la que, además de ser fundadora posteriormente de la Liga Feminista Puertorriqueña de Mujeres 129
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