Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

tiempo limitados al uso de los departamentos y colleges a los cuales servían. Estas bibliotecas solo saltaron a otro nivel de complejidad y escala de operaciones cuando la propia universidad se modernizó y se transformó en una research university, con organización departamental, gabinetes de investigación, profesores a tiempo completo y programas de posgrado (Geiger, 1986). Este cambio organizativo y cualitativo animó esfuerzos más sostenidos y ambiciosos en materia de adquisiciones bibliográficas. Según Bivens-Tatum (2011), la Universidad de Berlín, fundada en 1810, fue la primera research university en el mundo y el modelo en el que se inspirarían universidades norteamericanas ya existentes, como Yale y Harvard, o recién creadas, como Cornell (1868) y Johns Hopkins (1876), para convertirse en poderosas instituciones de producción de conocimientos. Con ello, la necesidad de contar con bibliotecas especializadas y de gran envergadura se volvió una prioridad. Y aquí es donde la historia de las bibliotecas universitarias de estas sociedades avanzadas y aquella de las bibliotecas privadas e institucionales latinoamericanas se cruzan: la expansión de las primeras se hizo, muchas veces, a expensas de las segundas. Como sucedió también con el arte, la arqueología y los documentos manuscritos, la acumulación en el centro tenía su correlato en la pérdida de patrimonio en la periferia. Las bibliotecas y sus historias, por tanto, tienen mucho que enseñarnos sobre prácticas imperiales, formas de dominación y situaciones de subalternidad en las relaciones entre los países del norte y aquellos situados en las zonas económicamente menos desarrolladas del mundo (Salvatore, 2008). Aunque las formas de adquisición y los objetivos eran similares a aquellos en América Latina, las dimensiones del coleccionismo privado fueron abismalmente diferentes en Estados Unidos y Europa6. Además, el fenómeno de formar bibliotecas entre hombres de negocios no necesariamente vinculados al quehacer intelectual está prácticamente ausente en América Latina. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, en Estados Unidos e Inglaterra, ricos hombres de negocios e intelectuales comenzaron a forjar bibliotecas privadas de 10 000, 20 000 y hasta 50 000 volúmenes. Entre ellas están las de John Jacob Astor, Hubert H. Bancroft y Archer M. Huntington en Estados Unidos, y las de Edward Gibbon, John R. Abbey y Richard Copley Christie en Gran Bretaña (Pearson, 2006; Connell, 2000). Un fenómeno similar se dio en otros países europeos como Alemania y Francia. El coleccionismo de obras raras fue uno de los pasatiempos preferidos de burgueses e intelectuales de la era del progreso. 12

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