Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

expandirse en múltiples direcciones. Algunas continuaron sirviendo de soporte documental a los gobiernos y sus colecciones se concentraron en aquellas disciplinas que se consideraban necesarias para la formación de sujetos nacionales: la historia, geografía y literatura de la propia nación. Otras, muy pocas, se transformaron en «bibliotecas globales», como fue el caso de la Biblioteca del Museo Británico y la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos5. Esta última, desde un comienzo —desde la compra de la biblioteca de Thomas Jefferson en 1815—, fijó su norte hacia una colección doble: abarcar todos los registros de la expansiva democracia norteamericana y adquirir materiales sobre todos los temas y todos los países del mundo (Cole, 1998). La idea original de Jefferson de que los miembros de una democracia podrían demandar información y saberes sobre una cantidad ilimitada de temáticas y lugares fue mantenida por más de un siglo por los directores de la biblioteca, desde Herbert Putnam hasta Daniel Boorstin, pasando por Archibald MacLeash. Y lo mismo puede decirse del corolario que surge de aquella concepción: que la Biblioteca del Congreso debía ser una biblioteca abierta a todo tipo de lectores. Como ha sostenido John Y. Cole (2005), esta biblioteca universal ha servido para difundir la idea de la democracia dentro y fuera del país. Esas impresionantes colecciones fueron pensadas para su uso futuro, porque estaba claro que ellas no serían de inmediato útiles a los académicos y científicos locales. Al expandir el límite de sus colecciones hacia otros países, culturas y lenguas, estas mostraron una ambición de universalidad no compartida por las otras bibliotecas nacionales, incluidas, por supuesto, las latinoamericanas. Al mismo tiempo, la premisa —compartida por la Biblioteca del Museo Británico y la Biblioteca del Congreso— de que las bibliotecas debían contribuir a la creación de una ciudadanía libre y a la conformación de una esfera pública (Joyce, 2003, pp. 128-137) tampoco tuvo su correlato en los países de la periferia, donde las colecciones de libros servían más bien para reforzar jerarquías sociales y excluir a las mayorías nacionales. Las bibliotecas universitarias también forman parte de esta historia. Las universidades de los países del centro forjaron sus propios modelos de bibliotecas. Algunas bibliotecas centrales se formaron de la concentración de los recursos bibliográficos de varios colleges, a lo que se fueron agregando sucesivas donaciones y fondos para adquisiciones. Este fue el caso de la biblioteca del Harvard College y de la Bodleian Library en Oxford (Craster 1952; Hamlin, 1981). Sus acervos permanecieron por un 11

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