Ateneo Puertorriqueño, cuya colección ha sobrevivido hasta nuestros días, pero cuyo uso se limitaba exclusivamente a sus socios. El siglo XIX, particularmente durante el último tercio, fue uno de explosión en la producción cultural y literaria puertorriqueña. La Isla experimentó la creación de múltiples entidades cívicas y públicas, como lo fueron los casinos, círculos literarios, gabinetes de lectura y bibliotecas (Cruz Monclova, 1970-1971). En el ámbito de la biblioteca, el cambio de mayor importancia, dentro de la cronología de esta investigación, se dio en San Juan, con la construcción de la Biblioteca Carnegie en 1916. El país contó por primera vez con una biblioteca moderna, espaciosa y bien equipada. Sin embargo, en cuanto al aspecto organizativo, los cambios empezaron tan temprano como en 1899, cuando, con el establecimiento de la San Juan Free Library, se comenzó a utilizar un sistema científico para la organización de la información. Luego, a partir de 1903, convertida esta última en la Biblioteca Insular, se adoptó un esquema administrativo norteamericano donde las decisiones de política pública eran tomadas por una junta de síndicos nombrada por el gobernador de turno (Fernández Juncos, 1913). Bajo el régimen norteamericano, la biblioteca pública fue construida discursivamente en el imaginario como baluarte de la democracia capitalista norteamericana, con la irónica música de fondo de que este discurso se esgrimía en una colonia. Desde el punto de vista conceptual, se efectuó un cambio paulatino; la tradición que nació en el Gabinete de Lectura de Ponce, erigido como espacio de disimulada acción política y expresión cultural, sobrevivió, hasta cierto punto, bajo el nuevo régimen gracias a la labor que realizó don Manuel Fernández Juncos en la Biblioteca Insular. A través de las conocidísimas «Conferencias Dominicales», este viabilizó el espacio de la biblioteca como tribuna para la exposición de debates intelectuales y la promoción de los conceptos progresistas de aquel momento, pero dentro de los límites del conformismo y el acomodo dentro del régimen colonial. En 1903 se aprobó un ambicioso proyecto de ley que le atribuía a la Biblioteca Insular funciones cónsonas a la de una biblioteca nacional. Sin embargo, este gesto poco podía hacer frente al proceso de americanización impuesto desde el 1898. Así, el proceso de apropiación de ese espacio imaginado, cultural y político culminó con la transformación de la Biblioteca Insular en la Biblioteca Carnegie. 112
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