Aves sin nido

90 AVES SIN NIDO -Hagamos conducir aquí á Marcela para medi– cinarla con esmero;-dijo Lucía enternecida, y diri~ giéndos'! particularmente al jóven, agregó: -Manuel. se lo suplico en nombre de la amistad. Encárguese usted de eso;- . á lo que Manuel respon– dió con vehemencia juvenil. -Ahora mismo, señora; usted, ángel de los bue– nos, restañará las heridas de una madre; y nosotros, don Fernando, tomaremos cuentas á los culpables. Al decir esta última frase, una palidéz mortal bañó su fisonomía, porque el nombre de do~ Sebastian cruzó por su mente; de don Se bastian, el esposo de su madre, el hombre á quien él daba el nombre de padre! Tomó su som br~ro maquinalmente, se inclinó y salió con paso apresurado cruzándose en el camino con doña Melitona, que estaba escuchando todo desde la puerta, sin perder palabra. Don Fernando se sentó junto á Lucía y sacó un cigarro para fumar. Como doña Melitona creía saher lo suficiente, vol– vió á desandar lo andado para informar al cura, que esperaba impaciente la llegada de su parientita para Írse á celebrar. Melitona dijo entrando y desprendiéndose el mantón: -Traigo todo calientito, curay , -Sí, Melitonita, y ¿cómo había sido eso?-pre- guntó el cura Pascual. -Dice que don Fernando tuvo no sé qué asunto

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