Aves sin nido

CLORINDA MATTO DE TURN·ER 87 -Y ¿qué habrá sido, curay? -preguntó con ino· cencia la mujer. -Serán cosas de política; gracias á Dios que no salí, gracias, gracias;-repetía el Qura en cuyo cora– zón estaba creciente la ansiedad por saber el resul– tado, aunque alcanzaba á dominar sus emociones aparentando calma. Melitona se quedó dormida sin más explicacio– nes, pero el cura velaba aguardando inquieto la lle– gada de la aurora. No bien hubo rayado el crepúsculo matutino y se sintieron los pasos de la gente que transitaba por las calles, tosió fuertemente el cura, desprendiéndose el pañuelo con que había atado su cabeza, y colocán– dolo debajo de la almohada, dijo: -Vete, pues, Melitonita; tú que eres mujer de– bes ser harto curiosa; infórmate de lo que en reali– dad ha pasado anoche en este vecindario, que, como hemos calculado, ha sido .... me pare ce en la direc– ción de la casa de don Fernando; yo voy á prepa– rarme para celebrar. -Ahoritita, curay-resprmdió doña Melitona dán-· dose por satisfecha de la comüáón; santiguóse tres veces, se vistió, prendióse el mantón de cachemira morada con guardas negras, y salió. Las primeras gentes con quienes se encontró; la · dieron razón casi exacta del asalto á la casa de don Fernando Marín; pero deseosa de llevar ~ la casa parroquial noticias comprobadas por sus ojos, se introdujo al mismo teatro del suceso.

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