Aves sin nido
CLORINDA l\íá.TTO DE TtJRNER 83 -¡ Nó, Fernando mío, no! Sálvate, sálvame, sal- , ' vemosnos ...... . -?Y qué hacer, hija? No hay otro remedio, por– que moriremos indefensos; -repuso don Fernando intentando calmar laR impresiones de su esposa. -Huyámos, Fernando-dijo I_jucía aprovechan– do de las últimas palabras de su marido. -¿Por dónde, Lucía querida? las entradas de la casa están ya ganadas; ~respondió don Fernando tomando una caja de cápsulas de Remin,qtlwn, y echándosela al bolsillo del pantalón. Las voces se repetían en la calle cada vez más aterradoras é implacab1es. -¡Bandoleros! - ¡Advenedizos! -¡Forasteros! -Sí, ¡la muerte! la muerte! .... Eran las palabras qu6 se alcanzaban á percibir en ese torbellino de la asonada. De improviso se dejó oir una voz nueva, fresca, sin los gases del alcohol, que con toda la arrogancia y serenidad del valor dijo: ~ ¡ Atrás, mirnrables! ¡ Así no se asesina! Y otra voz apoyó la anterior, diciendo: -Nos han engañado ¡rni~erábles! -No hay tales ladrones;-observó la . misma voz que apoyó á la primera. · -ror acá la gente honrada gritó uno con va– lor. -¡Vengan por este lado!--ordenó la primera voz,
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