Aves sin nido

76 AVES SIN NIDO eRtaban señalados con ía marca que Dios pone en cada predestinado en el mapa de las evoluciones sociales. En el cerebro de Juan Yupanqui, no podían ya cobijarse los criminales pensamientos de la víspera. Ya no tocaría el tétrico umbral del suicida, cuya acción cubre de luto el corazón de los que quedan y mata las esperanzas de los que creen. Dios puso á Lucía para que Juan volviese á con– fiar en la Prov~dencia, arrancada de su corazón por el cura Pabcual, el gobernador y el cobrador ó caci. que, trinidad aterradora que personificaba una sola injusticia. · Juan creía de nuevo en el bien, estaba. rehabilita– do, é iba á entrar en la faena de la vida con nuevo afán, para probar gratitud eterna á sus bienhechores. Marcela ya uo sería la viuda de un suicida, de un desertor de la vida, cuyo cadáver, sepultado en la orilla de un río ó al borde de un camino solit~rio, no invocase de los suyos paz, suspiros, ni oraciones. Sentado en la choza dijo Juan á su mujer: -Recemos el ALABADO, y ahora te juro entregar mis fuerzas y mi vida á nuestros proteetores. -J uanuco!. .. ¿ no te dije? yó también les serviré hasta vieja. -Y yó también máma;-agregó Margarita; y to– dos tres se pusieron á instruír á Rosalía, esplicándo. le que esos hombres no se la llevaron por la súplica del wiracocha Fernando y la señora Lucía de la casa grande. Y haciénaola arrodillar en el fondo de la

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