Aves sin nido
32 AVES SIN NIDO -Pues-dijo don Fernando sacando su cartera, arrancando una hoja y escribiendo con lápiz unas líneas-ahí tienes la orden -para que el cajero de la compañía te mande los doscientos soles. Y ahora déjame ir al trabajo para r~cuperar los días que he perdido en el viaje. - Gracias·, gracias, Fernando-repuso ella to– mando el papel contenta como una chiquilla. Al salir don Fernando de la habitacion de Lucía en dirección al escritorio de trabajo, iba con el -pensamiento sumergido en un mar de meditacio– nes dulces, despertadas por aquel pedido infantil de su e!3posa, comparándolo con.los derroches con que otras mujeres victiman á sus maridos en medio de su afán por gastar lujo; y esa comparación no podía dejar otro convencimiGnto que el Je la influencia de los hábitos que se dán á la niña en el hogar paterno, sin el correctivo de una educación madura, pues, la mujer peruana es dócil y virtuosa por regla general. Pocos momentos despues de las escenas anterio· res, Marcela cruzaba el patio de la casa blanca, acompañada de una tierna niña que la seguía. Aquella muchacha era un portento de belleza y de vivacidad, que desde el primer momento preocupó á Lucía haciendo nacer en ella la curiosidad de cono– cer de cerca al pa_dre, pues su belleza era el trasun· to de esa mezcla del español y la peruana, que ha producido hermosuras notables en el país. Mirando acercarse á la muchacha, se dijo para sí la ~sposa de don Fernando.
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