Aves sin nido

CtoR.1NDA MA'lTO bb TU.RNbR 275 - Nacimos índios esclavos del cura, esclavos del gobernador, esclavos del cacique, esclavos de todos los que agarran la vara del mandón! Isidro Ohampi, acomodando un poncho doblado en cuatro, bajo su cabeza como un almohadón, repitió: ·-¡Indios! ¡sí! la muerte es nuestra dulce esperan– za de libertad! Martina se había llegado junto á su marido y de– seando apartar de él la negra pena, le preguntó pa– sándole la mano por entre los cabellos. -¿Volverás á subirá la torre? - Tal vez· - repuso. el índio - mañana vol veré á tocar esas malditas campanas que, desde ahora, aborrezco. XXIX El primero que se lanzó en tierra enfangándose hasta las rodillas fué Míster Smit y gritó con toda la fuerza de sus pulmones: -¿Eh? na.di se mu ve, ¿eh? 'l,odos quieta, ¡no más¡ Y al punto asomaron multitud de cabezas por las ventanillas del coche, que habían quedado siu un vidrio. El · choque que hizo salir de quicio el wagon, oca– sionó heridas felizmente leves. -¡El susto ha helado toda nuestra sangre! ¿Hijita,

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