Aves sin nido

268 AVl!;::, ~ lN N11JO Todo el convoy iba con la destructora velocidad del rayo y alcanzando á los ganados pasó sobre ellos triturando sus huesos y abandonándo su vía trazada por los rieles! ¡Iba á precipitarse al río! Mister Smith, el valiente maquinista, prefirió el sa· crificio de su vida al de tantas existencias confiadas á su vigilancia, y quiso reventar los calderos con los tiros de su revolver, más era tarde, y el coche de primera, desabracado por el brequero, fué á eneal lar en las arenas mojadas de la ribera izquierda del río. XXVIII La actividad de Manuel se había centuplicado du– ran te el día. Volvió, á casa y dijo á su madre: - Todo vá bien madre. Parece que Dios proteje mis esperanzas. Don Sebastian y Ohampi ya estan libres. Se acaba de pasar la órden al alcaide de la cárcel, y calculando el momento iré á traer personal· mente á don Sebastian. - Conque ace.ptó el juez, y ¿qué condiciones ha dictado?- preguntó doña Petronila. -Nada más sino que esté á derecho, y tenga por prisión el pueblo. -¿De modo que no podremos ~;alir de aquí? - Ustedes nó; pero, yo me marcho mañana mis·

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