Aves sin nido
CLORINDA MATTO DE TURNER 265 bolsillo, dijo:- Salte la liebre, don Prudencio: mili - tar que no juega, bebe y enamora, que se meta fraile. Frente á estos iba un mercenario que teniéndose por aludido, · retó con airados ojos á los jugadores, que sin parar mientes en ello voltearon sobre la iz– quierda el espaldar del asiento in.mediato, instalan– do así su mern de rocambor. El mercenario sacó á la vez un libro, y tres mu– jeres que estaban inmediatas se pusieron al habla con Margarita y Rosalía, convidándoles manzanas pela– das con una cuGhilla. ·Media hora despues, ]as muchachas y las mujeres dormían como palomas acurrucadas en un mismo asiento, y el padre mercenario roncaba como un ben- .di to, sin que las voces de: ~-Más, solo, codillo, y vol– tereta,-repetidas con entusiasmo por los rocambo– ristas, interrumpiesen aquel dormir á pierna suelta; ha.sta que, abriéndose la portezuela del coche se pre– sentó un sugeto como de treinta años alto, grueso, de téz tostada por el aire frío de las cordilleras, bi– gote atuzado, y lunar de carne en la oreja derecha. Vestía pantalón y saco grises; cubríale la cabeza una cachucha de visera de hule negro y llevaba unas tenaza-tijeras en Ja mano. -¿El boleto, mi Reverendo?-dijo allegándose lo suficiente, y levantando su voz de contralto, á que el padre abrió los ojos soñolientos, y sacando con aire perezoso de entre su libro el boleto amarillo, alargó á su interlocutor sin desplegar los lábios.
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