Aves sin nido

262 AYES S1N NIDO -¡ A.nda !-continuó doña Petronila, - alcánzalos en su viaje; tienes cómo hacerlo; no te faltan caba– llos ni plata; arregla. tu casamiento y regresa tran– quilo, para que puedas atender · con razón cabal los asuntos de nuestra casa y del otro viaje. Ahora es– tás fuera de juicio. Manuel bes6 una y cien veces, ya la frente, ya las manos de doña Petronila, con tal emoción que por muchos segundos no se oyó otro raído que el pro– ducido por los labios de Manuel al contacto de su madre, por cuyas mejillas, encendidas, resbalaron gruesas lágrimas como el agua lustral que bendeci· ría el próximo enlace de Manuel y Margarita. Doña Petronila, rompiendo aquel silencio de su· blime fruición, dij o: -Basta querido Manuelito. El jóven alzando la cabeza con arrogancia viril, repuso: -Hoy te juro, madre adorada, sacrificar el último aliento de mi vida por labrar tu felicidad y la _de mi Marg:,uita. Voy ahora á terminar todos los arre– glos pendientes, y mañana al rayar la aurora, toma– ré el camino para alcanzar á don Fernando, cuyo escrito de desistimiento y perdón, ya no es tan ur– gente; y pedirle la mano de sn ahijada; -dijo y sa– lió apresuradamente dejando á su madre entregada á tiernas meditaciones que interrumpió ella, excla– mando: -¡Virgen misericordiosa! ¡ruega tú por él que es tan bueno, y pide perdón para mí! .... ¡Manuel!...

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