Aves sin nido
232 AVES SIN NIDO La ténue luz que se cernía por los intersticios de tina ancha claraboya tapiada de adobes, fué ba– ñando la retina de la india, que al fin distinguió las paredes, el suelo, el poyo que hacía de cama; y senta– do en él á su marido, el cual contemplaba á la recien llegada sin atreverse á preguntarle nada, temeroso de escuchar el anuncio de nuevas desgracias. Martinn~ al distinguirle, dijo con entusiasmo: - ¡Isidro, Isidro! arranca de tu corazón la pena negra. El wiracocha Fernando no nos persigue; es mentira, le· he visto. -¿Le has visto ?-repitió Isidro con indiferencia. -¡Sí, le 4e visto, le he hablado, y me ha dicho que te salva, que nos salva! · -¿Eso ha dicho?-¿y tú le crées, nó? -¿Por qué no he de creer si él no es de aquí? ¡Isi- dro! sólo en nuestro pueblo sacudió su poncho el dia– blo de;rramando candela y mentira. --¿Y qué te ha pedido en pago? .-¡Nada! ni siquiera me ha preguntado si tenemos . OVeJaS. . -¿ De veras? preguntó el indio abriendo más los OJOS. -Deveritas, Isidro, y dice que él no te persigue, Ay! ¡ay! yo creo ·que él nos salvará, como ha reco– jido á las hijas de Yupanq ui; ·no lo dudes, Isidro; se enojaría el Maohulq de la oración ......... Las ·nubes tapan el sol, la tarde o~curec8; pero esas nubes pa– san recogidas por el mismo que las extiende, y el sol aparece y brilla, y calienta de nuevo.
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