Aves sin nido
216 AVES SIN NIDO Petronila y de ésta á aquella; los carrillos de Teo– dora eran dos cerezas, permaneciendo . ella con la mirada clavada en el suelo sin atreverse · á Jevttntar los· ojos. En esta actitud soportó uno de los momen– tos más difíciles de su vida: ora recogiendo á ratos los pies bajo de la silleta, ora estrujando sus manos escondidas debajo de su pañolón de cachemira. Manuel se sonreía · á veces. Lucía bastillaba la orla de su fino pañuelo, encarrujándolo y _volviendo á soltarlo. -¿Así que esta senori ta es una h<·roína del amor á su prometido?-dijo don Fernando. -¡Muy bien!-¡qué simpática!- . ¡así fieles deben ser todas las mujeres cuando quieren! - expuso Lucía. . - ¡Qué. felicidad la de encontrar un cariño así ! Envidio á Mariano;-agregó Manuel. -Pues, me gusta la pasada Garrida al Sub·prefec- · to;· bien, muy bien, señorita Teodo:ra!-dijo don Fer– nando levantándose de su asiento y estrechando la mano de Teodora.- Me parece que estos pueblos se irán poniendo trabajosos día por día, - continuó el señor Marín, aquí todos abusan y nadie corrije el m·a1 ni estimula el bien; notándose la circunstancia rarísima de que no hay parecjdo entre la conducta de los hombres y la de las mujeres ........ . -¡Si tambifm las mujeres fuesen malas, este ya sería un infierno, Jesús! - interrunipió Lucía guar– dando su pañuelo en el bolsillo de la bata. - Usted, doña Petronila, debe salvar á su espo-
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