Aves sin nido
200 AVES SIN NIDO -¡Que cante el gallito!-gritaron dos; y se detu- · vo la comitiva. El Teniente sacó de la bolsa del pell6n una bote– lla de pisco y de ella fueron tomando sucesivamente, midiendo la cantidad por un silbido que daba el in– mediato; operación que ·se repitió con mucha fre– cuencia en el trayecto, llegando los viajeros á la casa de don Gaspar entre gallos y media noche. . La blanca luna lucía t<)do su disco plateado sobre aquella planicie de Sauceda ·donde se alzaban las alegres cabañas de los indios peruanos, por cuyas puertas cruzan al rayar la aurora el venado de pie– les grises y la perdíz de· codiciadas carnes. La casa de don Gaspar estaba como la morada de un ex en toda regla: escuet~ y .desmantelada. Los pongas fueron los únicos que. acurrucados en el zaguán roncaban como sochantres, siendo preciso sacudirlos para despertarlos y preguntarles algo. -¿Qué es del señor Sub-prefecto? -¿Sin duda duerme? -¡Vamos! ¿y la niña Teodora? -¡Encienda un fósforo, hombre! Estas fueron las palabras de unos y otros, cuando uno de los pongos aclaró las dudas diciendo: -EL señor Sub-prefe.cto ha sal.ido á caballo. . -¡Qué canarios!-exclamó el Teniente. - Sin duda hemos tardado mucho, y habrá ido tras de nosotros. -¡Cabales! @l que espera desespera, y cuar;ido está enamoraó ~ · .. .... ¡chist!
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